Ya comenté en otra ocasión la necesidad de respetar los principios básicos del Derecho para evitar que impere la ley del más fuerte en la sociedad. Me refería entonces a la presunción de inocencia, atropellada por quienes consideran oportuno cobrar un cánon al comprador de electrónica, por si acaso graba o reproduce material sujeto a derechos de autor. Es como multar al conductor antes de que se suba en el coche, por si acaso se salta un semáforo dentro de un rato.
Me apercibe mi buena amiga Eva, ilustre jurista en las más altas instancias allá por Estrasburgo, de que hay otro principio fundamental que ha de ser considerado en este caso. Es el de la igualdad ante la Ley. Me explico.
Supongamos que existe un colectivo de creadores, cuya actividad principal es producir obras, que pueden ser artísticas o bazóficas. El juicio del resto de los sujetos que componen la sociedad decide qué calificativo merecen estas producciones. En todo caso, hablamos del hecho de producir una obra y ostentar su autoría. No se considera su calidad salvo para el acto de determinar su precio.
Pues bien, éste colectivo exige que el conjunto de la sociedad pague por adelantado para compensar el posible uso, hurto o cambio de localización de las obras producidas, antes de que éste se produzca, y sin necesidad de que el autor ponga los medios necesarios para evitar el acceso de los ajenos a las mismas.
En otras palabras. Me monto un negocio, me lo hacen viable y me lo mantienen por adelantado todos los ciudadanos, y si la cosa va mal me ayudan entre todos a sufragar las pérdidas. Eso sí, como la cosa vaya bien me hago una super casa en Miami y esa es mía y solamente mía.
Siguiendo el principio de igualdad ante la Ley, no entiendo cómo puede ser que el resto de los ciudadanos tengamos que encerrar bajo siete llaves nuestras posesiones, y si éstas son hurtadas, robadas o cambiadas de lugar no nos queda más opción que acudir a la comisaría de Policía más cercana, donde un circunspecto Agente sobrecargado de trabajo hasta las cejas nos dará nulas esperanzas de recuperar nuestro patrimonio.
Yo quiero que todos los ciudadanos me paguen un cánon por si acaso alguien hace un uso no deseado de mi lavadora, o mi tostadora, o mi bicicleta de montaña. Y hay un pastor en la provincia de Cuenca que quiere un cánon por si acaso el lobo se come sus ovejas. Y los agricultores que cultivan el pimiento en Almería también quieren cobrar un cánon por si acaso el pedrisco les destroza los mares de plástico.
¿A que no?
Mola poner tus posesiones en la calle sin protección y que el conjunto de la sociedad pague por adelantado el posible robo. Pero no es justo. Que se lo digan a los patos que dejó el añorado Álvarez del Manzano en el estanque de El Retiro de Madrid, España. Una noche duraron.
Los ciudadanos estamos aburridos de que un listo ponga un caramelo en el mercado, y cuando todo el mundo se acostumbra a chuparlo, entonces viene el tío Paco a decir que es de pago. Como Microsoft con el Windows. No me molesto en forzar las limitaciones de su uso hasta que he creado la adicción. Y ahora que la gente no puede vivir sin él, pido el precio que me da la gana. Pues no señor. Haga usted como IBM en los setenta. Invierta en un sistema de protección del producto y en una legión de gente que mantiene esa protección. Desde el principio. Y que nadie se ponga a usarlo engañado, pensando que es gratis.
Esto es lo honesto. Pero claro, no apetece. Mucho mejor difundir universalmente mi obra por la cara sin invertir un euro en protegerla y, luego, cuando todos están salpicados, a cobrar.
Los que han intentado implantar DRM (gestión de derechos de autor) se han dado cuenta de inmediato de que son sencillamente ignorados por la sociedad. Es tarde, no se puede empezar de gratis y luego poner el cazo. Ahora, los artistas y los productores de bazofia tienen que desarrollar otro modelo para obtener ingresos. Que no digo que no los merezcan y los necesiten, pero tienen que ganárselos como cada cual. Innovando, aguzando el ingenio, invirtiendo, asumiendo el riesgo y no metiéndose debajo del cómodo paraguas de la chequera común de la sociedad.
Finalmente, también estoy un poquito harto de que se hable de “derechos de autor” como si la protección de su eventual entidad jurídica fuese beneficiosa. El arte y la creatividad decaen en la misma proporción en la que son subvencionados y favorecidos desde que el mundo es mundo. Solamente unos mediocres estómagos agradecidos obtienen beneficio.
¿En virtud de qué extraña circunstancia ha de protegerse con cargo al común de los bolsillos el “derecho de autor” y no el “derecho de propiedad” que orgullosamente ostento sobre mi tostadora?
No me venga con el rollo del enorme beneficio que produce su producción artística, porque entonces le diré que el cánon, de existir, ha de vincularse al éxito y no cobrarse por adelantado. Además, mi tostadora produce un enorme beneficio [a mi estómago] cada mañana, y no por ello implico a toda la sociedad.
Cuestión de igualdad.


