En el santo nombre de la complejidad y contradicción, muchas mujeres divulgan con acierto -y cierta dosis de malizia- los detalles de su propia naturaleza, pero otras muchas aprovechan para hacer lo que les da la real gana. Bien está lo primero, y bien lo segundo si se actúa en términos de estricta simetría.
La falta de simetría ha sido la constante en todas mis relaciones fallidas -que son todas- y descubro a cada paso que, en mayor o menor medida, lo mismo ha ocurrido a muchas personas de las proximidades. Mujer que pide hasta la luna. Fidelidad, dedicación, cariño, ahora no que no me apetece, presencia física y química, más fidelidad, más dedicación, ingresos elevados pero sin llegar muy tarde a casa, hijos, levántate tú que llora, qué mas da si tienes que madrugar mañana y conducir un trillón de kilómetros, más ingresos, reproches porque estás por ahí de cachondeo mientras que yo me aburro en casa o me sacrifico en el country club con mi musculoso profesor de tenis, baña a los niños y dales la cena que para eso vienes de pasarlo bomba en la oficina todo el día, hoy tampoco que me duele la cabeza.
Ya lo sé, estoy llevando la situación al extremo, y gracias al cielo no ocurre en todos los casos. E incluso a veces sucede en la posición contraria. He contado mi caso particular pero no tiene por qué ser el único. Todas las situaciones expresadas pueden darse -de hecho, se dan- siendo víctima la mujer de la cara dura del hombre. O compartiendo las culpas en la proporción que corresponda.
Así que tengo un requisito más para mi futura pareja… lo llevo claro. Ya no sólo tiene que ser inteligente, divertida, bella, amable, cariñosa, ingeniosa, oportuna, activa, reflexiva, convincente, cómplice, deportista, coherente, limpia, educada, comedida, comprensiva, elegante, curiosa, sana, culta, atractiva, natural, despierta, personal e intransferible. Además tiene que vivir la relación en clave de simetría.
Dar lo que se pide -aproximadamente, que no es cuestión de andar con el peso y la medida- y pedir lo que se da. Estuve cerca una vez, gracias a que ella era azafata. Perdón, tripulante de cabina de pasajeros. Llegaba, amaba con intensidad y se marchaba como un ciclón al extremo opuesto del planeta. Lo que ofrecía no me parecía mucho -cosas de la edad- pero solamente me pedía a cambio que regase las plantas de su apartamento una vez a la semana. Curiosamente, nunca se quejó de dolor de cabeza a pesar de los cambios de altitud, longitud, latitud, presión, temperatura y humedad relativa del aire.
Tomen buena nota de ello, queridas esposas parapetadas tras el frasco de aspirinas en la intimidad del lecho conyugal.
A lo mejor encuentro a una mujer dotada para la simetría ¿Se pronuncia coherencia? y la relación funciona. Por mí no va a quedar. Riego plantas, excepcionalmente arreglo su ordenador -y como mucho mucho el de los parientes en primerísimo grado- y colaboro en las chapuzas domésticas, con maestría hasta cierto nivel de complejidad.
Candidaturas en la dirección del apartado “acerca del autor” que se muestra en la parte superior de ésta página. Agradecido y reconocido.


