El increíble hombre torpe
Lunes, 4 Febrero 2008 por excusatio

Ha transcurrido el tiempo suficiente como para que éste apunte no comprometa el anonimato de los participantes. Demuestra, a modo de catarsis, que soy el hombre más torpe de la creación. Ocurrió hace algunas semanas, recién pasado el sopor de las sobremesas navideñas. Llevaba un tiempo participando en un foro de aficionados -no puedo contar a qué, se descubriría fácilmente el pastel- que un buen día decidieron ponerse cara, pasando del mundo virtual al real.
Convocaron una cena para la noche del sábado. Me pareció que no había en la convocatoria nadie más freak que yo, y decidí asistir. Pensé que iba a ser cosa de ocho o diez personas, pero cuando llegué al lugar había más de cincuenta. Por suerte, el restaurante disponía de una sala grande, en la que nos instalaron al estilo de las bodas de antes. Dos hileras de mesas alargadas. Me senté al lado del único comensal al que conocía personalmente antes del evento. Venía, como yo, sin pareja. Cada uno de los que iban sentándose en las inmediaciones llevaba del brazo un impresionante pibón, a cuál más guapa, a cuál más divertida e inteligente.
A mi lado se acomoda un simpático desconocido, no recuerdo su nombre, frente a él una chica ideal. Ni alta ni baja, cara de ángel, pelo de seda, cuerpazo, escote magnético, pecho perfecto. Concéntrate, Javier, que vas a tener un problema si sigues clavando la mirada ahí. Mi vecino se enfrasca en una conversación sobre política con su otro adlátere. Mantengo las distancias con ella, claro, y contesto con vaguedades a los constantes intentos de saber más cosas sobre mi. Tengo la sensación de que mi evidente soltería ha despertado su lado compasivo, y trata de salvarme del aburrimiento. Insisto en mantenerme discretamente al margen, que no es cuestión de ofender al afortunado acompañante.
Postres, cafés, copas, discursos. Algunos deciden ir a bailar. Otros preferimos no someternos al humo y al ruido. Y ahora lo curioso: Ella insiste en intercambiar conmigo el número del teléfono móvil, por si acaso cambiamos de opinión. Se me enciende el LED amarillo de la presión del aceite. ¿Cómo?
A todo ésto, noto que su acompañante ha desaparecido de mi lado por un momento. Vuelve con otra chica del brazo. “Te voy a presentar a mi mujer, que acaba de llegar”. Diálogo estándar. “Me llamo nosecómo, encantada, lo mismo digo, beso aquí, beso allá, cuánta gente, no he podido venir antes porque trabajo en…”
¿Y ELLA? Se me enciende el LED rojo de la suma estupidez. Ya se ha marchado, supuestamente harta de indiferencia. ¿Intento el contacto aprovechando ese número de móvil recién intercambiado? Noooo… Suficiente metedura de pata para una sola noche.
Moraleja: Si algo es demasiado bueno para ser cierto, entonces es que NO es cierto.