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División de opiniones al respecto de mi último apunte sobre el tamaño del pene. Un par de Tres apreciados comentarios y quince mensajes privados, igualmente apreciados, en tono de desaprobación éstos últimos. La mayoría de los lectores afirma que estoy generalizando de manera tendenciosa, extremo que yo mismo reconocí de antemano.
En todo caso, lamento comunicarles que, en lo esencial, me mantengo firme en mi posición. Los hombres no sabemos lo que queremos hasta bien entrado el otoño de nuestras vidas. Se refiere éste planteamiento al sexo masculino. El femenino no se ve afectado masivamente por esta manera tan tosca de conducirse. Se sabe que la dinámica del planeta, globalizadora y uniformadora, lo abarca todo. Sin embargo, no ha llegado todavía a cuajar masivamente en las féminas el maligno descentramiento. Todavía hay en el mundo un buen porcentaje de mujeres que saben lo que quieren, lo buscan y lo encuentran al margen de los convencionalismos. Tal vez sea cuestión de tiempo.
Es ésta una afirmación general que, como tal, abarca al cien por cien de los casos. Es sabido que el resto muy bien podría comportarse de otro modo. Ya lo estableció el imitador del Profesor Mondongo, cuyos brillantes razonamientos pueden conocer desplazándose un poquito hacia el pasado en éste mismo blog.
Entre los que intentan refutar mi razonamiento hay aficionados a varios deportes. Casi siempre se trata de gente estable. Perfectamente estabilizados en el sofá, cuando no cambian compulsivamente de canal tras la pista de más goles o más vueltas rápidas realizan gráciles movimientos de ida y vuelta a la nevera en busca de más latas de cerveza. A veces complican la operativa describiendo complejas trayectorias con parada en la despensa, obtención de bolsa de palomitas, proceso de bombardeo con microondas y vuelta al sofá exclamando “cojones, que me quemo”. Episodios de culto al cuerpo, la nueva religión verdadera en la que el creyente se pone en forma. En forma de esfera.
Queda el consuelo de que los que presumen de sus cuerpos en el gimnasio de moda -el otro “culto al cuerpo” , el literal- no son mucho mejores. Puede que todo esto sea un tópico y me reservo el derecho a intentar desmontarlo en el futuro, pero es que estoy demasiado condicionado por la pregunta formulada hace poco por un musculines en la entrada de un centro comercial. Situado frente a tres grandes carteles con la palabra “entrada” escrita con caracteres de medio metro de altura, me mira serio e interroga: “Por favor ¿Dónde está la entrada?” Ya, ya lo se. Puede ser miopía en lugar de estulticia. O puede ser peor. Gracias por no fantasear.
Volviendo al tema de referencia, conste que ningún practicante activo de deportes ha hecho, hasta donde he podido leer, desaprobación alguna de mi planteamiento. Esto me hace pensar que el comportamiento pasivo es la clave del problema.
Ya expliqué anteriormente que creo en la existencia de instrucciones escritas a fuego en el código genético. Urgen al macho a perpetuar la especie fecundando al mayor número posible de hembras. Pero solamente el individuo pasivo y atolondrado está completamente a merced de las instrucciones de su genoma. Y como me veo reflejado dando marcha atrás al calendario unos pocos años, no tengo que pedir cuentas a nadie. Llevo bastante con mi propia penitencia.
No voy a estar tirado en el sofá de la vida ni un minuto de los que me quedan de existencia. Voy a correr el riesgo de escuchar negativas, incluso de parecer patético por desear algo inalcanzable. Voy a trabajarme el éxito en lugar de esperar a encontrarlo por casualidad, porque alguien lo ha dejado en mi nevera. Voy a quemarme, seguro, pero no será con palomitas de microondas.
[Glossary for non spaniards: nevera = freezer, palomitas = popcorn, microondas = wave oven, musculines = oversized fool, mondongo = male sexual equipment]


