Yo no quiero que se imponga nada a nadie. Y, mucho menos, si la imposición viene de cuatro vagos que han encontrado en el nacionalismo el filón para vivir sin trabajar.
El nacionalismo como ideología caducó en los años cuarenta, con el final de los dictadores europeos. Resultaría patético si no fuera por su lado sangriento, dictatorial, impositivo, mafioso, excluyente, cínico. Parece increíble que se siga dando aliento a este sinsentido por motivos puramente electoralistas, de complejos absurdos o culpabilidad injustificada.
Alivia saber que hay gente en el mundo de la cultura dispuesta a implicarse personalmente, arriesgando su integridad física, para que cualquiera pueda estudiar en español independientemente del lugar de España en el que resida.
Por eso apoyo, a título personal y atendiendo a la solicitud de Ciudadanos, el Manifiesto por la lengua común. Aunque ello produzca estupor fuera de nuestras fronteras.
¿Se cuestiona el español en España? ¿Se arrincona su uso en favor de lenguas locales absolutamente irrelevantes en el panorama global?” -me preguntaba una lectora perpleja hace algunas semanas.
Expliqué en privado que esas lenguas me parecen absolutamente respetables, aunque vengan envueltas en la irresponsabilidad de políticos inconscientes. O conscientes, que es peor. Porque en la supuesta agresión a su patrimonio cultural esconden la manera de colocar a parientes, amigos y acólitos descartando la competencia mediante normas absolutamente irracionales.
Lo peor es que, salvo ataques repentinos del virus de la responsabilidad, las comunidades en las que gobiernan nacionalistas van a seguir viendo cómo la calidad y la competitividad de los servicios públicos baja en picado.
Se gana una plaza de médico más fácilmente por conocimiento de la lengua vasca que por capacitación académica. Se gana una de maestro si se conoce el catalán, dejando casi en anécdota la formación específica del puesto.
O sea, que es imprescindible forzar a los políticos para que garanticen, en cualquier lugar de España, la prestación de los servicios públicos en español a quien lo desee. Hasta aquí hemos llegado, por increíble que parezca. Y tenemos que salir del absurdo cuanto antes, para bien de nuestros hijos.


