Primero coincidimos en el espacio. Cercanía.
Los dos teníamos ganas de lo mismo y saltó la chispa por culpa de tu encanto irresistible. Porque solo pude resistirme por un tiempo. Un mes de agosto casi entero que, a toro pasado, me echabas en cara cordialmente. Ese momento tórrido en que me diste a probar un sorbo de tu tierra milenaria.
Los dos teníamos cuentas pendientes. Con el pasado y con el presente. Porque en alguien depositaste tu vida entera, y él a cambio te trató con crueldad. El hombre más estúpido de la creación, a mi juicio. Yo venía, a la sazón, con la inercia de mi pretérito. Esa manía de moldear el mundo a mi antojo. Exitosa a veces, dañina casi siempre.
Ahora empezamos a coincidir en el momento. Distancia.
En tu voz y en la expresión de tu rostro puedo percibir el cambio. Tal vez también intuyas algo parecido en mi forma de estar. Y en la de ser. Ya no intento cambiarte, ni cambiarles. Ahora estoy más centrado en cambiar. Aquello que fallaba en mi carácter y en mis actos. La precipitación, la irreflexión, el punto de sarcasmo involuntario, la maldita manía de imponer mi visión del mundo, por mucho que parezca la correcta.
Ahora sé que eres tú, sin duda alguna. Se va acercando el tiempo. Se ha diluido el odio que encogía tu corazón. El paso del tiempo, que no cura pero aparta las malas experiencias. También yo tomé mis decisiones, sufrí mis consecuencias, me empeñé en rehacer la vida, en reinventarme. Buscaré la ocasión de poner en sintonía personas, lugares y relojes.
Si nuestro tiempo ha llegado, será mejor que no nos encuentre separados. Coincidencia.

















