
No lo sé. Claro. Vendí mi bola de cristal el último día de reyes que pasé en Andalucía. Total, fallaba más que una escopeta de feria.
Dudo metódicamente de que mi futuro se escriba con una mujer a mi lado. Pero, en el caso de que se obre el milagro, apuesto todo lo que llevo en los bolsillos a que tendrá una capacidad de perdón a toda prueba. Porque me equivoco. No meto mucho la pata, pero tengo la extraña habilidad de hacerlo cuando menos conviene y más molesta.
Otros se pasan la vida como la mosca cojonera. Molestando poquito pero seguido, muy seguido. Sufrirlos levemente se convierte en normal. Yo soy todo lo contrario. Un día me descuido y cualquier pequeño error se manifiesta con estridencia por contraste con la silenciosa normalidad. Es lo malo de ser discreto. Das un pequeño grito y se escucha un montón.
Lamentablemente, hay personas -muy queridas- dotadas de una memoria prodigiosa e incansable para estos lamentados lances. Ya pueden pasar los días -diecinueve- y las noches -quinientas- que da igual. Ahí sigue el reproche, presto a tomar protagonismo y a reclamar su parte del agravio. Y ahí está su dueña, nada dispuesta a ceder terreno, por poco que sea.
Una verdadera pena, porque de un pelín menos de memoria saldría una bonita y duradera historia. Pero -qué le vamos a hacer- ya eres mayorcita para tomar decisiones y asumir las consecuencias.
Por si acaso hay esperanza para el olvido, aquí dejo el enlace a una profesional que habla de un método radical para perdonar. Ojalá que lo lea quien lo tiene que leer. Ojalá.
Y perdón.
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