Ya se curará, digo yo.
Archivos Mensuales: noviembre 2011
Desahucios
Se nos muere el convaleciente estado del bienestar. O más bien lo matamos. Igual que la gallina de los huevos de oro, atribuida a Esopo:
Érase una gallina que ponía
un huevo de oro al dueño cada día.
Aún con tanta ganancia, mal contento,
quiso el rico avariento
descubrir de una vez la mina de oro,
y hallar en menos tiempo más tesoro.
Matóla; abrióla el vientre de contado;
pero después de haberla registrado
¿qué sucedió? Que, muerta la gallina,
perdió su huevo de oro, y no halló mina.
¡Cuántos hay que teniendo lo bastante,
enriquecerse quieren al instante,
abrazando proyectos
a veces de tan rápidos efectos,
que sólo en pocos meses,
cuando se contemplaban ya marqueses,
contando sus millones,
se vieron en la calle sin calzones!
Hoy asistimos con horror al bochornoso espectáculo de la gente expulsada de sus casas por no pagar el préstamo con el que las compraron. Tiene mala solución el asunto. Porque suena bonito perdonar la deuda, pero por esa regla de tres se está llamando imbécil a quien paga religiosamente sus facturas. O peor, se le está invitando a unirse al club de la morosidad.
Convertir un bien de primera necesidad en un producto financiero fue su pecado. En él llevamos nuestra penitencia.
Aunque, mirado con detenimiento, muchos de los penitentes también son culpables. De gula y avaricia. Escucharon los cantos de sirena del mercado y se lanzaron al consumo desmedido sin medir su capacidad real de endeudamiento. Pensando que la cosa pública les protegería en caso de necesidad.
Craso error. Ya viene el tío Paco. El de las rebajas.
[Crédito: Encontré el relato de arriba en Sólo Fábulas]
Moon
Y de este modo entraste tú en mi vida. Sin avisar de ello, sin dar más importancia. Hablando claro, tendiéndome la mano, llenándome la vida de ternura. Transformando la sórdida rutina en un vergel de luz, naturaleza, ansia de disfrutar.
Que la diosa Distancia ya se apiade. Retírese la hermana Lejanía. Permitan que mi piel sienta la tuya. Que por siempre jamás en un abrazo nuestros cuerpos se fundan. Que nunca más asome Soledad, aquella vieja dama que me hace compañía.
