Vamos que nos vamos 2011

Volver. Es la palabra que mejor define mi año 2011 [Ese que se pasa, otra vez, con todos los propósitos incumplidos. Pero esa es otra historia, y está tan vista y tan escrita que no vale la pena abundar en ella...]

Andalucía. Por dos veces. Y de jolgorio, cayendo gozosamente en los tópicos. Se va perfilando la siguiente visita.

Las administraciones públicas. Esto tiene menos juerga, pero da de comer. Por el momento. Vienen curvas y no sabemos si en alguna nos compraremos la parcela. Efectos de la fuerza centrífuga.

El barrio de siempre. La familia cerca, aunque soplaron mejores vientos en ese plano. Y que sigan así.

Los viejos amigos. Tampoco abundo demasiado, solamente tienen que bucear en las entradas del verano para encontrarse con mis queridos compañeros de las aventuras de la juventud. Ha valido la pena.

Los nuevos proyectos. Esta vez, sin que sirva de precedente, con calma y mirándolos bien antes de tomar decisiones.

Estabilidad. Apetece viajar y correr aventuras como en los viejos tiempos, pero no está el horno para riesgos.

Inocencia. Las princesas crecen. Se hacen personitas y sus risas y saltos rompen, de vez en cuando, el suave devenir de los acontecimientos.

Optimismo. Para llevar la contraria. Vendrán mejores tiempos. Pronto. Además, estar (1) arruinado, (2) jorobado y (3) amargado es peor que encontrarse con las dos primeras y aderezarlas con alegría. Consuela poco tomarse la crisis en vaso medio lleno, pero hacer lo contrario tampoco trae alivio.

FELIZ 2012. EN SERIO. 

[En la imagen, Mairena del Alcor, Sevilla. En el castillo casamos a mi Anita hace unas semanas. Para que vean los pesimistas...]

Feliz lo que está cayendo

Solamente unas líneas para recordar a todos los que están de capa caída. Ya sea porque tienen verdadera necesidad o porque ven que se les acaba la subvención. Si no hay costumbre de trabajar, ponerse a hacerlo a estas edades suena titánico, inalcanzable. Mi abuela española, la de Córdoba, decía que “a quien no está acostumbrada a bragas, las costuras hacen llagas”.

Y añado, por la cuenta que nos trae, mis deseos de acierto para los que hoy ostentan el poder a cuenta de las equivocaciones y los excesos de los otros. Que siga impasible el gallego y ceda lo justo, no más, a las presiones. Que encuentre la manera de poner un país a producir. Que acierte en la lucha contra el fraude y la picaresca.

Que sea feliz la próxima navidad porque hayamos levantado el vuelo sin convertirnos en una monarquía bananera.

Felices fiestas

Descalzos y con smartphone

Al menos los emperadores romanos repartían pan. Los poderosos de ahora lo quieren todo. Pero TO-DO. Importa poco dejar a la gente en la calle. No hay problema -¿No lo hay?- si los que consumen sus productos se quedan sin dinero. Total, pueden ir descalzos y con smartphone.

Es preceptivo contratar unos buenos expertos en marketing y publicidad. Que sigan implantando el deseo en los cerebros de los descerebrados, para que compren lo que no necesitan. Hasta la última gota de sus capacidades de endeudamiento. Y después, a precontenciosos, a morosos y al hoyo. Sus herederos se harán cargo de las deudas como especifica claramente la legislación vigente. Para eso está.

Den gracias los alienados porque reciben entretenimiento. Una dosis diaria de telecinco y un Madrid-Barcelona cada cierto tiempo. Magnánimo el poderoso, anestesiará durante un rato a sus borregos. Permitirá que sus nucas dejen de sentir, por momentos, esa desagradable sensación. El aliento helado de sus acreedores.

Panem et circenses. Pero poquito panem, a poder ser. Maximizando el beneficio, no sea que venga el señor Fitch a tocarnos las calificaciones.

Cuestión de suerte

Llegados al punto en el que la diferencia entre el éxito y el fracaso es solamente una pizca de suerte, nos preparamos para caer en los brazos de doña Fatalidad.

Unos creían en ellos. Otros dieron su voto a los que no iban a permitirles campar a sus anchas. Dio igual. Tanto progresismo y tanta ideología para caer después en la misma claudicación. Al final, los mercados, esos oscuros amos de las profundidades, consiguieron lo que querían manejando los hilos de los títeres de turno. Nunca sabremos -no hay pruebas ni las habrá- hasta dónde metieron la mano en la caja. Ni siquiera cuando se disipen las cortinas de humo con las que intentaron enfrentarnos. Ni los muertos pudieron descansar en paz.

Refundar. Tantas y tantas cosas. La primera, nuestros propios esquemas mentales. Recuperar la cultura del esfuerzo, y la del respeto y la de la autoridad del que sabe. Edificar la honradez tras demoler el gran hipermercado de la picaresca en el que vivimos.

Desterrar. Tantos y tantos hábitos malignos. El primero, el de echar la culpa al otro. Y después, la envidia, la maledicencia, la tendencia irrefrenable a tomar atajos cómodos, a escaquearse o a vivir de la subvención. Finalmente, las dependencias. La del petróleo y la del mercadeo son las dos que me vienen a la mente, aunque haya más.

Nos espera la del pulpo y nos falta el hábito de ganarnos el jornal. Así, en general, digo. En particular no estoy preocupado. Tengo mucha costumbre de trabajar duro y suelo obtener buenos resultados. No escuché los cantos de las sirenas de ladrillo ni tengo contrato de permanencia con proveedor alguno. Nada pido. Nada debo. Solamente una vez cometí la estupidez de consumir a crédito, me salió bien por aquello de la inflación y acaba de vencer el último plazo. Nunca mais.

Y si todos ustedes hubieran hecho lo mismo, los poderosos no serían tan poderosos y los gobiernos tendrían algo más de margen de maniobra.

En todo eso, por suerte, llevo años de ventaja.

[En la imagen, Emma. Mi viejo amigo el camionero de los Montes Urales ha vuelto a mi bandeja de entrada con deliciosas propuestas de relación intercontinental. Pero una cosa es creer en la suerte y otra muy distinta es ser bobo...]