Vitalicios

Será un asunto controvertido, estoy seguro. Solamente ruego al distinguido lector que PIENSE ANTES DE DESPOTRICAR. Con la que está cayendo, seguro que resulta poco popular una petición de sueldos vitalicios para los políticos.

Pues bien, ahí queda.

Creo firmemente que la solución a nuestros problemas pasa por la asignación vitalicia de ingresos a los políticos. Sueldos dignos y definitivos. Hasta el final de sus días.

¿Por qué? Muy sencillo. Nuestro mal consiste en que ningún político echa huevos a los problemas principales. Y tengo la sensación de que no lo hace porque considera que su destino será la gran empresa, una vez que acabe su etapa en la política. [Una clave para aquellos que discrepen: Sr. Zaplana. Y hay más. En todos los signos políticos...]

¿Cuáles son nuestros problemas? Hoy por hoy, parece claro que el país de los pícaros y los individualistas no va a experimentar un cambio absoluto de mentalidad. La gran empresa abusará. Los funcionarios verán la vida pasar. Los políticos seguirán mirando para otro lado mientras que los poderosos distraen el beneficio mediante sociedades instrumentales radicadas en paraísos fiscales. Los sindicatos, a verlas venir.

La clase media seguirá pagando los platos rotos en la fiesta de los promotores de aeropuertos en el desierto, estatuas megalómanas en sus rotondas, ferrocarriles metropolitanos impagables, subvenciones a la contemplación del caracol autóctono, museos oceanográficos monumentales o cajas de ahorro que confunden los cantos de sirena con las inversiones serias y fiables.

Todo esto ocurrirá hasta que una nueva clase política, con sus huevos, tenga la certeza de que su vida futura no depende de grandes empresas en las que recalar a modo de cementerio de elefantes. Tomar decisiones valientes es casi imposible si se está mediatizado por la sensación de morder la mano que te alimentará un día.

Sea, pues, un buen montón de políticos valientes que se nieguen a hacer el juego a las multinacionales. Que gobiernen para el interés de los ciudadanos sin pensar en lo que harán las grandes corporaciones cuando el futuro se presente en sus puertas.

Que para eso os pagamos, coño.

Conversaciones con el vampiro

De las cenas pesadas. Y de las pesadillas que perturban la noche sucesiva.

Del vampiro, mal autodenominado artista, que se cree con derecho a que la sociedad financie su modo de vida. Del que se siente en posición de llamar cultura a lo que produce. Sin caer en la cuenta de que es, como mucho, ocio o entretenimiento. Salvo honrosas excepciones.

Me he encontrado con él a las puertas de la Cartuja sevillana. Que, a pesar de haber sido concebida como industria, muestra mucho más arte en sus fachadas. Más que todo el que el infausto chupasangre fue capaz de producir en los años de su vida pretérita.

Reclama para sí la protección, con cargo a los presupuestos generales del Estado, de todas las fases del ciclo de vida de su obra. Yo no niego sus méritos ni cuestiono sus razones. Eso sí, apelo al principio de igualdad ante la Ley para pedir el mismo trato.

No ya para mi propia circunstancia, acostumbrada a buscar las habichuelas sin el concurso del poder. Pero sí para el pastor y sus ovejas, indefensos ante el lobo hambriento. Y para cada pobre viejecita que sufre los abusos del ratero del tirón. Y para tantos y tantos ciudadanos, tan merecedores de atención -en el sacrosanto nombre de la protección de su propiedad- como el taimado cazador de subvenciones.

Sea, pues, amenaza legal para quien copie. También un alto cerco alrededor de cada rebaño, preferiblemente vigilado día y noche, en previsión de presuntas alimañas. Sea un agente de la policía velando por los sueños de cada amable anciana indefensa, solícito al quite de posibles tironeros. Y así una protección por cada interesado.

No quiere el vividor escuchar ni una sola sílaba más de mi argumentario. Se cierra en banda. Por suerte o por desgracia, un minuto después es amablemente invitado al coqueto interior del furgón policial. No por artista sino por desfalcador de contantes -y sonantes, valga la ironía- tan propios como ajenos.

Y el sueño acaba.

Moraleja: Madura, castellano. Que sea el padre Estado para lo que ha de ser, y no para el engorde del bolsillo privado.

Haití: Paraíso e infierno

 

 

 

 

 

 
Ya casi nadie se acuerda. Los medios de comunicación, ávidos de novedad, pasaron página hace meses para evitar el mal trago a nuestros cerebros de pez. Total, en la variación está el gusto. Pasemos a la siguiente catástrofe y asunto arreglado.

Lo malo es que hay seres humanos en ese paraíso infernal.

Esta vez, aguanta por un año más tu smartphone -sólo tiene un año, todavía funciona perfectamente- y dedica la cantidad equivalente a los que tienen menos suerte que tú. No es mérito tuyo haber nacido en el paraíso correcto, ni fue culpa de ellos venir al mundo en el edén equivocado.

Dirás que hay mucha crisis, que está todo muy malo, y tal y tal y tal. Pero aquí todavía tenemos para comer, para llenar los bares e incluso para entregarnos a la orgía del consumismo navideño.

El 12 de Enero se cumplirán dos años del terremoto. Pásate por somoshaiti.es y echa una mano.

 

 

La culpa (ya no) es del Gobierno

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Este apunte no tiene nada que ver con partidos ni con cambios de Gobierno. Lo escribo ahora pero habría tenido el mismo sentido en el pasado, con otro signo político detentando el poder en España.

La idea ronda mi cabeza desde hace tiempo, pero una dama que he conocido recientemente ha encendido la chispa por casualidad. Su frase: “La madurez sólo aparece cuando dejamos de hacer responsables a los demás”.

Un dictador nos montó un estado paternalista. Con sus cosas buenas y sus cosas malas.

Lamentablemente, lo hizo justo encima de un crisol de formas de vida. En los mismos metros cuadrados, un enjambre de pícaros buscando el beneficio fácil y un montón de gente sencilla con el deseo y la capacidad para trabajar duro, pero sin medios ni ideas para hacerlo. Entre otras especies.

Reiventarse o morir. Ese es el reto colectivo ahora. Quien se agarre con fuerza al clavo ardiendo de la subvención prolongará su propia agonía. No por mucho tiempo. Por contra, quien sea dueño de su propio destino saldrá reforzado. Ese es el sentido verdadero de la palabra crisis.

Trabajar duro, si, pero recibiendo el fruto del esfuerzo sin que lo mordisqueen antes unos cuantos vagos privilegiados.

Maduremos. La culpa (o la gloria, en su caso) ya NO es del Gobierno. Feliz año nuestro.

[Me he permitido empezar 2012 con un guiño a lo más importante de mi vida. Espero que mis distinguidos visitantes disculpen el off-topic...]