Tupideces

A los leones

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El imperio echa unos cristianos a los leones cuando siente que peligra su poder. El populacho enardecido. El albero teñido de color bermellón. El alimento de las fieras al desnudo, sin el amparo de la presunción de inocencia. Sin atenuantes ni parapetos de patriotismo u obediencia debida.

El argumentario de la divinidad tiene grandezas y miserias. Si eres el máximo jerarca del universo conocido -en organizaciones de tres letras como FMI o BCE- caes desde lo alto. Lo muy muy alto. El golpe contra el suelo es doloroso. Y los medios, ávidos de titulares llamativos, despedazan tus maltrechos restos después de la caída.

El funcionario -de turno- empuja tu cabeza -de turco- al introducirte en el coche camuflado. Prisión incondicional. Fianza millonaria. Escarnio público. Escrutinio de saldos, movimientos, fondos y derivados. Papeles incautados. Discos duros a remojo para que se ablanden. No me llames Rodrigo, llámame Lola. Si cada español puziera una pezeta.

Eras cristiano, pero participaste como carnaza en el ritual pagano que denominan campaña electoral. Menos mal que todo se olvidará. Las masas nos otorgarán el pasaporte para cuatro años más de lo mismo. Para ti, una corta temporada en el infierno y, si eres discreto y silencioso, una remota pero dorada jubilación.

La opacidad fiscal de ignotos paraísos. La ilusión de la igualdad ante la ley. La perspectiva de una confortable silla en el consejo de administración de una subsidiaria de ultramar. La oveja negra sacrificada a los felinos para que el circo siga repleto de gentes entretenidas por engaño. La gloria perpetua del poder establecido.

Apaguen sus calefacciones, pongan sus sueños en posición vertical y sus traseros plegados. Mantengan apagados sus teléfonos móviles hasta que puedan pagar esas facturas que deben. Hasta que esas tarifas aplanen el gasto hasta convertirlo en cotidiano.

La esclavitud en cómodos plazos, o una revolución en la que el precio de la libertad se paga al contado.

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Consecuencias

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Maldito dinero.

Así habló cada cual, pero siguió persiguiéndolo sin descanso. Era origen de todos los males, pero también bálsamo de heridas y alivio de penurias y estrecheces.

Era el mundo que nos habíamos procurado. El río revuelto en el que se ahogaban los más y pescaban los menos. Vaya, lo de siempre para los de siempre. Miseria para ti y para mí, abundancia para la clase dominante. Preñeces no deseadas como fruto de derechos de pernada. No reconocidos, pero sí ejercidos en la quietud de la noche cortijera.

Así fue como un día nos falló la salud. Más duro que el dolor en tu propio cuerpo, el sufrimiento de alguien a quien amas con locura.

Era la medicina que habíamos merecido. La que olvida las dolencias de la minoría porque no se hace negocio. La que ignora la enfermedad de los que no tuvieron la suerte de nacer en el mundo desarrollado. Enfermos que no tienen con qué pagar, una vez que sus señores de la guerra lo gastan todo en armas.

Así llegó el final de la empatía. Ocupados compitiendo por una quimera individual, olvidamos cooperar para la mejora de lo colectivo.

Era la cosa pública que habíamos legislado a lo largo de los siglos. El que oposita, ganándose un pretendido derecho a dormitarse la vida. Eterna, si me apuras.

Así experimentó aquel Mariano, que no este, el final de la paciencia. Y vuelva usted mañana, que hoy estoy desayunando, como marca la normativa vigente. Tal vez acabó pegándose el tiro por desesperación, después de rebotar un tiempo de ventanilla en ventanilla.

Eran los actos, que tienen consecuencias. Vota a aquel, y venderá su alma al becerro de oro de los negocios internacionales. Vota a este, y también. Mira a dos que pelean de cara a la galería parlamentaria, y entérate después del culo de sus oscuros negocios compartidos. Sociedad anónima.

Así se fue la infancia recordada. Allí quedó la pubertad tan malgastada como divertida. Acá la madurez, momento de pensar en los errores y, con suerte, enmendarlos y no repetirlos. Aquí vienen vejeces, achaques y dolores. Allá asoma la parca tan temida.

Era el paso del tiempo, inexorable, imparable, inexacto pero recurrente. La rotación terrestre, las estaciones, la menguada cosecha, el señor que exige el diezmo y más. Para pagar sus vicios. La guerra, los manjares, la bebida y el fornicio. El poder, en suma.

Maldito tiempo.

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Si yo fuera poderoso

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No es fácil ponerse en el lugar de los que mandan. Han llegado a la cúspide empujados por la codicia, que es una enfermedad incurable. Por ahora, espero.

Además de incurable, la enfermedad es imparable. Cada codicioso está empeñado con ahínco en quedarse con todas las posesiones del resto de la especie humana, y no contempla la posibilidad de parar en momento alguno. Cree que, si se detiene su labor depredadora, otro le atacará para desposeerle de lo que con tanto esfuerzo ha robado.

Hay un límite práctico para este impulso. Su comodidad y prosperidad requiere un buen número de esclavos. Si agota completamente los recursos de los demás, morirán y se quedará solo en el planeta.

La clave está, por tanto, en saber cuándo aflojar la presión de la bota en el cuello de los otros. Hay señales inequívocas de asfixia. Disturbios callejeros, suicidios en masa, conatos revolucionarios, hambrunas, pestes y accidentes con gran número de víctimas.

Grecia se ha acercado peligrosamente al umbral de la destrucción, pero en el resto de los PIGS todavía queda mucho margen para apretar. Además, los españoles son comodones. Despotrican un poco en las redes sociales pero no protestan mucho en la calle. Basta con un poco de fútbol y unos maderos con la mano ligera para que se disipe la resistencia.

Así que vamos a difundir la especie de que tienen que aflojar otros cuantos millardos para reflotar otro poquito la banca. A ver qué pasa.

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La sartén por el mango

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Corren tiempos de miedos. Seguramente injustificados, pero astutos, crueles y certeros. Ya se encarga el poder de aleccionar a sus esclavos especializados en manipulación. Millones de corderos votarán ufanos a quien pisa sus cuellos. A quien les expulsa sin contemplaciones de sus casas, ya bien frías por culpa del factor de potencia.

Pero la historia enseña que el poderoso aprieta mucho más el acelerador del miedo cuando ve que puede perder su poltrona dorada.

En estas circunstancias, sólo la gente grande sobrevive. Por lo que a mí respecta, doy gracias al cielo, a la naturaleza o a la pachamama -elíjase la opción correcta cuando corresponda- por tenerte a mi lado.

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Titán

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El mayor satélite de Saturno. Desafiante. Luminoso. Rico en hidrocarburos. Cuesta creer que nuestras élites no estén ya de camino. Qué grandes oportunidades esperan a los pioneros. Qué grandes negocios harán los primeros en aventurarse. Pintan calva la ocasión.

¡Márchese, señor González! Este planeta se le está quedando pequeño. La de consejos de administración que podrá presidir allí con su madura prestancia y su natural distinción.

¡Aproveche la oportunidad de quitarse la espina de Os Açores, apreciadísimo mister Ansar! Puede pasar a la historia como el fundador del primer fondo buitre interplanetario. O, en su defecto, como hijo o yerno del mismo. Las nuevas generaciones vienen pisando fuerte.

¡Por aquí se va al sistema solar, don José Luis! Qué pena de socialistas, cómo abrazaron el becerro de oro a cambio de unas monedas. Para este par de aguaderas no nos hacían falta esas enormes alforjas adquiridas con dinero procedente de bancos foráneos.

¡Y qué me dice usted, don Mariano! Esos sistemas planetarios necesitan con urgencia su primer registrador de la propiedad. Anímese, antes de que algún americano, ruso o chino se le adelante. Santa Pola podrá vivir sin su dominio de las lenguas extranjeras. Ya sabemos que is beri dificul todo esto, pero el que algo quiere, algo le encuesta.

No se olviden, todos y cada uno de ustedes, de llevarse para Titán sus manadas de acólitos, asesores, mamporreros, correveidiles y estómagos agradecidos. Aquí ya no queda pan para tantísimo chorizo.

Billetes de ida, nada más. Disculpen las molestias.

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Las sonámbulas

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En el pueblo en el que nací vivían una mujer y su hija, que andaban en sueños.

Una noche, mientras que el silencio envolvía al mundo, la mujer y su hija, andando, todavía dormidos, se encontraron en su jardín cubierto de neblina.

Y la madre habló, y dijo: “¡Por fin, por fin, mi enemigo! ¡Tú, por cuya causa mi juventud se destruyó, la que ha construido su vida sobre las ruinas de la mía! ¡Ojalá pudiera matarte!”

Y la hija habló, y dijo: “¡Ay, mujer odiosa, egoísta y vieja! ¡La que se interpone entre mí y mi yo más libre! ¡La que haría de mi vida un eco de su propia vida consumida! ¡Ojalá estuvieras muerta!”

En ese momento un gallo cantó, y ambas mujeres despertaron. La madre dijo dulcemente: “¿Eres tú, cariño?” y la hija respondió dulcemente: “Sí, querida”.

[Khalil Gibran, “El Loco”, 1918]

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