Mi novia me engaña

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(Mítico POST de forocoches, todavía visible aquí)

Estimados amigos, en estos momentos delicados os tengo a vosotros para que me aconsejéis y me ayudéis. Necesito vuestro consejo en lo que puede ser una decisión crucial.

Desde hace un tiempo sospecho que mi novia me engaña. Ya sabéis, las cosas típicas como esas llamadas a casa que cuando descuelgas no contesta nadie. Mi novia sale con amigas últimamente, pero le pregunto sus nombres y me dice que no las conozco, que son amigas del trabajo… Me quedo despierto para verla llegar en taxi, pero ella baja por la calle a pie y a lo lejos escucho un coche alejarse del que se ha bajado a la vuelta de la esquina. ¿Quizás no volvió en taxi…?

El otro día cogí su móvil sólo para mirar la hora y se puso como loca gritándome que nunca más tocase su móvil y que si la estaba espiando. Nunca he hablado de esto con mi novia. Creo que en el fondo no quiero saber la verdad, pero anoche ella volvió a salir y decidí que iba a investigar.

Aparqué cerca del garaje y me escondí detrás del coche para tener una buena visión de toda la calle cuando ella llegara a casa. En ese momento, agachado detrás del coche, me di cuenta que justo debajo hay una mancha. Abro el capó y la tapa de balancines pierde algo de aceite. Y aquí viene mi pregunta: ¿Reaprieto y me la juego a que se pase de rosca o me lío y cambio la junta?

Moroso

By Jesús Gómez (Own work) [GFDL (http://www.gnu.org/copyleft/fdl.html) or CC BY 3.0 (http://creativecommons.org/licenses/by/3.0)], via Wikimedia Commons
Moroso, Cantabria [https://commons.wikimedia.org/wiki/File%3AMoroso.jpeg]
Escuchas una noticia sobre control de las masas. Te ajustas las gafas de pasta y pones cara de intelectual como si no formaras parte de la multitud manipulada.

Enciendes la telebasura y obtienes unas horas de entretenimiento a cambio de una ingesta indiscriminada de publicidad. Productos maravillosos en cuerpos imposibles semidesnudos.

Sales a pasear un poco el coche para que sus bisagras no se entumezcan demasiado. Llenas el depósito de combustible. Compras un poco de cena basura para terminar el día. Más televisión de la buena. Duermes mal.

Despiertas. Es domingo, no hay prisa. Enciendes la televisión. Es extraño, todos los canales dan el mismo programa de famosos que lo son por el hecho de serlo. Ningún otro mérito. Excepto Paquirrín, que al menos demuestra que es una persona normal.

Llaman a tu móvil. Empresa no identificada, teleoperador anónimo, llama en nombre de la prestigiosa entidad financiera que gestiona tu tarjeta de débito. Tienes que pagar imperativamente o se procederá al embargo de tus bienes con carácter inmediato. Él no te tutea como yo. No hay confianza.

No entiendes. Has pagado religiosamente todos los gastos de tu plástico vil. No lo querías. Te lo metió por los ojos una dama neumática con escote estratosférico. El teleoperador insiste. Paga o lo lamentarás. Intentas explicar que lo has liquidado todo con puntualidad.

“No, señor mío. Ahora eso da igual. Como los beneficios del sector se reducen, el Gobierno ha nombrado un contingente de morosos al azar para equilibrar las pérdidas. Le ha tocado. Son ciento cuarenta euros con sesenta y cinco céntimos. Tiene menos de veinticuatro horas. Si no paga mañana a primera hora, será de aplicación un cincuenta por ciento de intereses de demora.”

“El sistema tiene que seguir funcionando. Por eso los antisistema son tan peligrosos. Quieren cargárselo y crear un mundo de personas libres. Eso no duraría mucho. Mire a los que lo han intentado con anterioridad. Pague un pequeño tributo y siga disfrutando de la comodidad de la civilización del capital.”

Y ahora, le paso con Comercial para grabar el alta de sus nuevos productos financieros. No se le ocurra rechazarlos. Y después, la encuesta de satisfacción de Atención al Cliente. Recuerde darme la máxima valoración.

Técnicos y Mangantes

En el principio de los tiempos modernos, en la empresa española estaba el amo. También estaban los currantes o curritos, según tamaño, pero no se me diluya. Vayamos a lo importante.

El amo mandaba y los curritos obedecían. Sencillo y elegante. Duro, en ocasiones. Pero las reglas del juego eran asequibles incluso para cerebros poco evolucionados como el mío. Con instrucciones concisas y plazos razonables se consiguió el milagro. La actividad empresarial elevaba tímidamente el vuelo que nos sacaría de la ciénaga del feudalismo.

Después se torció la cosa. A la sombra del dinerito recién ganado, al amo se le subió a la cabeza la millonada y envió a los niños a estudiar al extranjero. De los mundos anglosajones vinieron, ya adolescentes, con ideas exóticas. Importaron el gusto por el término management, del que se deriva el manager, que en español quiere decir mangante o vago de siete suelas.

Se llenaron las empresas de managers, y con ellos vino la hecatombe. Más personajes de estos se hacinaban en los despachos cuanto mayor era la corporación. Hordas de ejecutivos trajeados, sin una misión concreta en la estructura empresarial. Hacer pasillo, poner a parir al de al lado y hacer la vida imposible al de abajo.

En el mismo avión de los mangantes llegaron decenas de términos acabados en “IA”. La auditoría, la consultoría y la reingeniería, entre otros muchos.

El contable fue sepultado por extraños términos foráneos. De las cuatro reglas y el cálculo de intereses por el método francés tuvo que pasar a codearse con el funnel, el forecast, el factoring y el confirming.

El vendedor, agobiado por el prospect, el marketing y el networking, fue convertido en un sales account executive, y su sueldecito se convirtió en un fijo más comisiones en función de objetivos comerciales. La antesala del despido.

El técnico fue declarado innecesario porque esto mismo nos lo hacen en la India a la mitad de precio. De calidades no hablamos, que hemos venido aquí a ganar dinero y no a hacerlo bien. No seamos teutónicos.

Pronto llegó el momento de la recogida. Los primeros escándalos: Filesa, Sofico, Matesa, Malesa, Time Export. A vender deprisa y corriendo el velero, el cochazo y la mansión playboy de vía estrecha. Algo nos darán por estas lujosas balaustradas. También hay que hacer un reajuste estratégico de la masa salarial. Es decir, poner de patitas en la calle a casi toda la plantilla. Pobre contable, pobre informático, pobre vendedor, pobre segurata.

Se salvan los managers, porque de ellos es la información privilegiada. Es lo bueno de tener la mente fría y la actividad bajo mínimos. Queda tiempo para cotillear entre los papeles del prójimo. Algún dato comprometedor que nos aleje del ruido de la necesidad estomacal.

Tras la marcha de los otrora currantes, hoy buscadores activos de un nuevo reto profesional, los mangantes presentan a los miembros del consejo el bisnes plan que salvará la empresa de la quema. En un pauapoint, claro.

Qué pena que no quede nadie con lo necesario para ejecutarlo. Ese plan o el contrario, qué más da.

[Nota: La foto no tiene nada que ver con el texto. Me estaba quedando dormido y puse lo primero que salió en google. Me disculpo si la señora se siente aludida. Nada más lejos de mi intención…]

Fight

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Dicen -los que entienden- que después de la tempestad llega la calma. Supongo que es normal que a los tiempos del alegre endeudamiento sucedan los de la pobreza gris. La adversidad nos hace prudentes. Nos lo pensamos más. Dudamos antes de vender nuestra alma al tintineo de los metales de curso legal.

En estas circunstancias, la lucha diaria de los oligarcas consiste en no perder la posición. Un endeudado es un esclavo, y un buen número de esclavos ayuda a perpetuarse en el poder.

La gente corriente tendría que remar en sentido contrario. Ser libres para no volver a las andadas.

Lástima que el ser humano tiende a caer en la tentación. Máxime si los medios de comunicación bombardean cada rincón de las conciencias, inconsciencias y subconsciencias con la felicidad prometida por el consumo desaforado. Tanto tienes, tanto vales. Tan útil resultas como tanto gastas.

Conmigo lo llevan claro. Lo que me gusta no está a la venta. Sólo necesito que los poderes públicos les obliguen a sacar sus sucias garras de lo imprescindible para la supervivencia. Ay, lástima de poderes públicos…

Por eso me parece tan importante cambiar radicalmente la fauna que habita el parlamento. Total, para jugar con la tablet cualquier palacio sirve, energúmena.

 

[Crédito: artpolitic.org]

 

Playa

playa

Esta es la historia de aquel día en el que empezamos a ser felices.

Medio siglo -casi- nos contemplaba. Varias ruinas de proyecto vital a nuestras espaldas, musitando a nuestro oído lo mal que lo habíamos hecho, lo inútiles y culpables que éramos, el daño que habíamos infringido a nuestros pequeños.

Por suerte, todo aquel dolor nos importó un bledo y se nos fundieron los cuerpos en un abrazo que marcó el principio de esta época. Convulsa, incierta y a veces complicada, pero nuestra. Poco a poco se diluyen los recuerdos amargos. En algunas ocasiones metemos la piqueta, o el destornillador o el martillo, y saltan por los aires las cosas que nos sobran.

Alguien de confianza retira el escombro. O las astillas. O lo que corresponda. De residuos, calores y humedades ya sabemos un rato, a fuerza de hacer limpiezas y mudanzas.

Ya sé que fue en el aparcamiento de un centro comercial. Y en el de una ciudad universitaria en la que, a la sazón, yo trabajaba.

Permite que el recuerdo se muestre tan borroso como haga falta. Permite que parezca que era arena de la orilla del mar y no asfalto del centro de la urbe.

Ya sabemos que, no tardando mucho, cumpliremos promesas de largos y pausados paseos por la playa, el monte, la pradera o la jungla de alquitrán.

Importa poco el tiempo y el lugar, porque es la compañía y el abrazo lo que cuenta.

Aterriza

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Volar mola. Extender las alas, elevarse por encima de los tejados, observar a los demás como si fueran hormiguitas y dejarse llevar por el viento con majestuosidad.

Corres el riesgo de creerte inmortal, invencible, invulnerable. Pierdes la noción de la realidad.

Creas un mundo perfecto en el que tienes poder infinito para eliminar a quienes te limitaban. Acabas con las enfermedades, las desigualdades, las miserias y las opresiones. Se demuestra que te robaban. Nadas en billetes de quinientos, ahora que ha cesado el expolio constante de tus recursos. Tu recién estrenada agencia tributaria no necesita recaudar forzosamente. Todos aportan de manera voluntaria y cunde la prosperidad al lado de la abundancia. Un impulso romántico ha hecho que los taimados oligarcas renuncien a una quinta parte de sus posesiones. A cambio de nada. Por tu cara bonita.

Abres -más- embajadas por todo el orbe pero no en la urbe, antigua metrópoli de la opresión. No hay que rebajarse. Que mueran de envidia por malvivir privados de tu excelsa presencia. Que el mundo sepa cómo las gastas.

Cientos de aeropuertos comunican el territorio. No es necesario poner el asiento en posición vertical, ni la mesa plegada. Hay tantas salidas de emergencia -a ambos lados del fuselaje- que podrías salir de la aeronave sin pisar el pasillo. Cientos de tripulantes, dos por pasajero, sirven cava a placer. Y caviar del bueno, nada de sucedáneos. El aparato da un par de vueltas a la comarca, por aquello de hacer tiempo y saborear el vuelo.

Miles de trenes de alta velocidad jalonan el subsuelo. No como los bárbaros del exterior, que estropean sus secarrales con vías que van por la superficie. Más tripulantes, más cava y más caviar. Más salidas de emergencia.

Millones de autos deportivos se lucen en las recién estrenadas autopistas. Por supuesto, sin peaje. Gratis total. Ocho carriles en cada sentido. Líneas continuas y discontinuas pintadas en dorado. Que se note el poderío. No hay radares ni límites de velocidad. En las áreas de servicio se sirve… claro. Cava y caviar. Todo de la mejor calidad.

Despiertas. Sacas la mano del orinal. Te acompaña un señor muy serio con enorme bigote, uniforme verde y brillante tricornio negro. Que se lo expliques al señor Juez, dice. Y que no consumas esas porquerías, que nublan el intelecto y privan de la razón. Que tienes derecho a un abogado. Que si no puedes pagarlo te asignarán uno de oficio.

Y toma una moneda, que puedes hacer una llamada. Lástima, nadie contesta. Todos marcharon a Andorra por algún extraño motivo.

Vuela

vuela

Es la ley de la vida. Las generaciones recientes florecen (hay que ver lo guapas y guapos que estáis) y vamos marchitando los de nuestra quinta y las aledañas.

No podemos quedarnos. Tampoco sería plato de gusto. El paso por el mundo es soportable por efímero.

Somos bobos. Nuestra tendencia natural tiene dos caras. Por una, nos cuesta perderos de vista. Por la otra, intentamos sembrar la responsabilidad en vuestros actos. Intuimos que será el único arma eficaz en vuestra lucha por la supervivencia.

Menos mal que paro a escuchar cuando me va a salir la vena sobreprotectora. Justo a tiempo. Me quito el sombrero, una vez más, ante la lección de vida de mi querida compañera. Que, a grandes rasgos, dice así…

Volad bien alto. Disfrutad del planeo. Que vuestras alas os lleven tan lejos como queráis. Para cuando os llegue la madurez y la nostalgia, nosotros ya estaremos reunidos con la madre naturaleza.

No nos echéis demasiado de menos. O sí. A vuestra voluntad no pongo cortapisas.

Amad bien fuerte. Que nada os detenga. No dejéis que perdure el mundo de egoísmo e indiferencia que os hemos legado. Se supone -qué fácil resulta olvidarlo- que las sociedades sirven para el cobijo de los más débiles, de los desfavorecidos, de los que no pueden asegurarse la defensa por sí mismos.

Respetad a todos. Nadie es menos aunque te creas más. Por mucho que te veas poderoso, capaz de mil proezas, fuerte como el torrente, ligero como el viento. Los años doblegan cuerpos y voluntades. Un día te verás algo más sabio y algo menos potente. Y así hasta dejar de tener fuerzas para cargar con tu bagaje. Más vale que te quieran cuando esto ocurra.

Que cunda la empatía. Bastantes “que se jodan” hemos escuchado con horror. Poneos en el lugar de los menos afortunados, que no siempre son los que menos dinero tienen. Muchas veces coincide la opulencia con la infelicidad. Si puedo decir algo -con cierto fundamento- es que muchas veces he sido más feliz con menos recursos.

Practicad la tolerancia. No convirtáis en imposible la convivencia con los que piensan diferente. Hoy os veis cargados de razón y deseosos de imponer vuestro criterio. O peor, vuestras creencias. Considerad siempre la opción más exótica. Tal vez sean los otros los que están en lo correcto. Tal vez seáis vosotros los equivocados.

No estudiéis demasiado. Al menos, no hasta quedar tan tocados del ala como yo. Tampoco os vayáis al otro extremo. Se me harían cien nudos en el estómago si os encontrase un buen día en uno de esos programas vomitivos de televisión. Esos que premian lo zafio con cifras millonarias.

Equivocaos. No me quedan recuerdos más amargos que aquellos que no llegaron a tomar cuerpo. Miedos, convencionalismos y descuidos, los peores fantasmas. Mucho más persistentes que los de los errores cometidos.

No nos hagáis demasiado caso. Ya se sabe que nadie, jamás, ha escarmentado en cabeza ajena. Probad todas estas y muchas otras cosas en vuestra propia carne. No sea que, por miedo a fracasar, os perdáis lo mejor de vuestro paso por la vida.

Tampoco os hagáis mucho caso a vosotros mismos. Con todo lo que os mete en la cabeza la gran maquinaria de marketing que es esta bendita sociedad de consumo, a estas alturas estáis ya como cencerros. De hecho, se os rompe el cuello si estoy a vuestra espalda y digo la palabra manzana en inglés.

Vivid la vida. Por si acaso. Cuando queráis recordar se habrá pasado, y estaréis escribiendo chorradas a vuestros hijos con la esperanza de llamar su atención. Con suerte, asomarán un ratillo el domingo a la hora de comer.

Por cierto, hay pescado. No vaya a ser que leáis esto y os presentéis en masa.