Aciagos

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En todas las vidas hay momentos aciagos. Los peores, digo yo, son los de las despedidas. Sobre todo si sientes que se producen antes de tiempo, cuando todavía corresponden muchos años de vida plena y feliz.

Queda un consuelo. Disfrutó de la vida, se salió de la curva -varias veces- y vivió para contarlo. Para que no se quede nada en el tintero: la curva tenía tela y el Gordini era de todo menos estable.

D. E. P.

 

El cuento de la consultora

This artwork by Richard Milholland originally appeared with an article on the context of shame.
This artwork by Richard Milholland originally appeared with an article on the context of shame.

Ustedes, que son gentes leídas y escribidas, ya han oído hablar del monarca Avar, que reina en Avarolandia, hermoso país de minorías codiciosas y aprovechadas -los avaros- que sojuzgan a obreros sin cualificar y profesionales sin motivar.

Esta historia detalla el fallecimiento del rey y el consiguiente ascenso al trono de su primogénito, el príncipe Óptimo. Muchos creían que su nombre hacía honor al optimismo, pero no. Fue bautizado en homenaje a la optimización, que es como llaman los expertos del ramo a la explotación laboral inmisericorde.

Avar, el rey codicioso, hizo del aprovechamiento absoluto un modo de vida. Obsesionado con las cuentas de resultados y los informes de progreso, contrató grandes expertos mundiales en la gestión de proyectos, equipos y demás especialidades del maltrato animal.

La causa oficial de su muerte fue una neumonitis, es decir, un achaque de la edad. Sin embargo, todos sus cercanos intuían que había fallecido del disgusto que le dio la gran gurú, o gurusa, que de ambas formas se dice en en la lengua avaricia, la oficial del país. La eminente figura de la organización empresarial marchó sin dejar rastro, de un día para otro, huyendo de sus propios actos, o sea, de los pobres resultados de su gestión.

Decidido a honrar la memoria de su augusto padre, el ya monarca Óptimo Primero de Avaricia se confabuló con Quinto de Codicia, segundo de abordo en el antiguo equipo directivo de la experta desaparecida. Los primeros espadas de la gurú fugada se convertirían en su consejo privado y terminarían la tarea que ella dejó a la mitad.

No tardó mucho el equipo consultor en diseñar un plan de acción. Disponían de un número escaso de profesionales. Competentes pero poco motivados, cumplían escrupulosamente con su cometido sin faltar de sus puestos de trabajo ni un solo minuto. Penosamente, las arcas del reino llevaban tiempo vaciándose, y la falta de motivación de los técnicos contribuía poco a rellenarlas.

Sin embargo, un buen consultor siempre encuentra el camino. Si no se puede hacer que trabajen con más ahínco, se estira por decreto el tamaño de los días, haciendo que pasen de veinticuatro a cuarenta y ocho las horas que dura una jornada. Es fácil suponer que esta modificación legislativa eleva la producción porque se pasa de trabajar ocho horas diarias a dieciocho. Por ley, siete días de casi cincuenta horas cada uno siguen formando una semana, y cuatro semanas siguen componiendo un mes que, sin embargo, dura el doble.

Son legión los que ya intuyen dónde está el truco. Como el salario es de periodicidad mensual, se recompensan las horas de más con el mismo sueldo de antes, que tiene que estirarse para que dure el doble de tiempo hasta que acabe el interminable mes extendido.

Así se estableció el primer principio de la consultoría: Si se te retrasa un proyecto, la solución no es poner más gente a trabajar en él, sino hacer que los mismos desgraciados trabajen más horas. La vida personal es un mito. Sencillamente brillante.

El enunciado del segundo principio de la consultoría mantiene el nivel de brillantez del anterior. Todo cuerpo sumergido en un mar de marrones experimenta un empuje hacia arriba, lo que hace necesario echarle más porquería encima para que no se salga del cubículo y siga trabajando de sol a sol. O de luna a luna, porque casi no ve la luz de día con esas medias jornadas tan completas.

Para exponer el tercer principio de la consultoría necesito un arnés, una estantería de esas que parecen cajas de pescado, bien fijada al suelo y a la pared, un látigo de doce puntas acabadas en bolitas de metal, un becario desnudo de cintura para abajo y una mordaza para que no se alarmen los vecinos.

Verás si estos mamones me llenan las arcas o no. Ya va corriendo prisa poner en marcha el compresor para que se infle la nueva burbuja inmobiliaria. Esas fábricas de ladrillos, cemento y viguetas de doble T tienen que volver al pleno rendimiento, y ustedes, míseros currantes, a consumir como posesos para mayor gloria y esplendor del negocio de la financiación al por menor.

Ya sé que no tienen ni para comer, pero es que tienen la manía de perderse en los detalles sin importancia. Por eso son ustedes tan pobres, porque no tienen visión de conjunto. Desde la atalaya del monarca se ve todo mucho más claro. Ustedes gastan lo que no tienen, se endeudan, y su majestad y sus adláteres se forran.

Como ha sido siempre, durante siglos y siglos, en la sagrada tierra de Avarolandia, donde no se pone el sol para que no le apliquen el temido instrumento del derecho de pernada. Que aquí te descuidas un segundo y te hacen la doce trece por la retaguardia.

{La imagen es de aquí pero todavía no me lo he mirado. Ya le tocará…}

Otros defectos

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Muchos otros, puede. Pero ese defecto, lo aseguro sin duda, no figura en mi abultada colección.

No quiero manipularte. No necesito que te sientas obligada a permanecer en un sitio en concreto.

Vuela tan alto como pidan tus sueños. No repliegues las alas si no es lo que deseas. Disfruta de las vistas sin pensarlo. Bastantes golpetazos contra el suelo te has dado en el pasado, por culpa de prejuicios de terceros.

Ve donde quieras sin mirar el reloj a cada minuto. Yo te espero. Te echo de menos sin pretender controlarte. Ven sin prisa o con ella, sólo de ti depende. Porque cuando llegues no te espera un reproche sino un abrazo.

Haz lo que te gusta y nunca te permitieron hacer. Tu lugar en el mundo no es el que otros exigen, sino el que tú prefieres. Adoro que tu sitio esté pegado al mío, pero puedes elegir. Esto no es un mandato sino un deseo.

No te quedes conmigo por obligación, porque no te queda otra. Permanece a mi lado porque quieres, porque es la alternativa que eliges entre las que tienes.

Sé fuerte, y pugna por tu éxito sin complejos. O sucumbe y no triunfes, es tu elección y son tus circunstancias. Vívelo como quieras, aunque sé que tu carácter y tu historia lejana van a llevarte por el camino de la superación y de la lucha.

Esto lo sé, pero ni por asomo te lo impongo. Ven, o no vengas. Si decides volver, da igual el modo. Éxito o derrota, euforia o tristeza. Quererte y valorarte no depende de lo que ocurra fuera.

Viste, calza y luce como tú quieras. Que nada imponga una forma de expresarte. Que nada se interfiera en lo que llaman tu santa voluntad. Que sea tan beata o pecadora como quieras, a tu propia manera.

Importan poco los techos de cristal, los machos o las hembras, los manipuladores o las faranduleras. Aquí serás igual, tanto como el mejor, con independencia de lo que el mundo opine o trate de imponer.

Sé que muchos opinan como yo, aunque intuyo que el final de la lacra del maltrato no está cerca. Demasiada venta de estereotipos, y demasiado poco esfuerzo por educar a la gente.

Sirva este, mi granito de arena, como un simple deseo de que tengas lo que en justicia te pertenece. Nada te hace inferior. No está escrito -en ningún lugar decente- que seas una esclava, una criada o la hacendosa víctima de un macho alfa de anuncio de la tele.

Que nunca que te arrebaten lo que es tuyo, que no te entreguen nada que no te pertenezca. El mundo cambiará si cada uno cambia. Gentes libres e iguales. Sin distinción de sexo, ni origen ni creencia.

Escrache y linchamiento: Instrucciones de uso

Algunos políticos se quejan del sufrimiento que supone el escrutinio del opositor, el iracundo escrache del administrado o el comentario de los medios hostiles. Aquí unas breves instrucciones de uso, para evitar ser víctima de semejante trato cruel:

  1. No te veas como un gran directivo de multinacional. Esos consiguen fabulosas cuentas de resultados, y tú, en cambio, solamente formas parte del gasto público. El beneficio que aportas a la sociedad no se basa en lo que ganas, sino en lo que das a ganar a los ciudadanos.
  2. Adáptate a la realidad. Un estado como el que gestionas (socialmente famélico, en quiebra financiera y obligado a aceptar condiciones draconianas impuestas por el exterior) es igual que una empresa en pérdidas. Sus gestores merecen únicamente el salario mínimo interprofesional hasta que consigan revertir la situación. Y si no logran reflotar el barco, dos años de paro y a buscarse la vida.
  3. No uses la política para enriquecer tu agenda de contactos valiosos. Logra elevar el SMI hasta niveles dignos, y después jubílate con ese salario, igual que ha hecho Anguita.
  4. O sea, que no uses la puerta giratoria. No porque no tengas derecho a trabajar donde quieras, sino porque existe toda una oligarquía que paga los favores de ese modo. Los intereses de la minoría se contraponen con frecuencia a los de la gente corriente. Toma partido.
  5. Sé simétrico, my friend. Prueba a pedir la presunción de inocencia para el adversario con la misma intensidad que para el compañero. Verás qué sensación.
  6. Crea las condiciones para la existencia de medios de comunicación verdaderamente independientes. No te forrarás a corto plazo, pero el futuro te lo agradecerá.
  7. Sé generoso. Reconoce las bondades del oponente como paso previo a que él reconozca las tuyas. Has perdido la credibilidad porque tu discurso tumba indiscriminadamente las iniciativas del otro, solamente porque vienen de quien vienen. Busca lo bueno, aunque lo diga otro.
  8. Controla lo que hace tu equipo. No eres gilipollas ni vives en Marte. Si meten la mano en la caja tienes que estar ahí para darles con el mazo.
  9. Dimite (y devuelve el acta) cuando te pillen con las manos en la masa.
  10. Y emigra lejos de España. Estas instrucciones no son aplicables aquí. Es internacionalmente conocida nuestra incapacidad para cambiar, gobierne quien gobierne.

¡Fiestaaaaaa!

El dilema de la tristeza

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Llega un fatídico momento en el que llegas a la temida conclusión. Todo es farsa. Nada tiene sentido. La vida entera ha sido manipulación. Y, mucho peor, lo que te queda de existencia seguirá oliendo a lo mismo porque no eres Julio Iglesias. No puedes comprar una isla y perderte en la Micronesia.

Lejos de ser malo, ese amargo momento ha cambiado para siempre tu existencia. Has entrado a formar parte del selecto club de los que entienden la vida. Es un principio. Es EL principio. Ya no formas parte de la masa informe, manipulada, inconsciente.

¿Cómo vas a hacer para dejar de dar vueltas a la noria? El yugo pesa, y sería una faena dejar al burro de al lado con toda la tarea. Además está el miedo. Mucho peor es lo del pollo asado, que después de muerto sigue girando. Al menos a ti te queda el consuelo de la vida eterna.

Dejar las adicciones y liberarse de las enseñanzas grabadas a fuego. Ese parece el camino. Veamos.

¿A qué soy adicto? Vicios baratos, claro, otros no puedo. Un poquito de alcohol del hacendado, un poco de tabaco, el abono del fútbol, la conexión, las patatas, el bolsón de salados, el de dulces, los cómodos plazos del coche y de la moto, el euro de los ciegos y el de la primitiva. Poca cosa más. El resto se me va en supervivencia.

¿Y qué hay grabado a fuego? Tampoco es tanto. La vida eterna, los colores -el fútbol, otra vez- y eso de que más vale lo malo conocido. Mira a todos los nuevos. Se ve claro que vienen a robar, como los que ya están. Hasta los bolígrafos se llevan. Y no me gustan sus caras ni sus coletas.

¿Cómo puedo juntarme con gente como yo? Aquí cada uno va a lo suyo y seré presa fácil de tres aprovechados que buscan, solamente, hacer dinero traficando con mis buenas intenciones. No hay más futuro que el más de lo mismo. Así ha ocurrido en todas las revoluciones.

Va a ser verdad que el poder corrompe. Te lo digo yo, que todavía no he tocado pelo y ya estoy pensando en ampliarme el palacio que no tengo. Así que aquí me quedo. Con mi fútbol, mis patatas, mi botella de vino del barato y mis plazos del coche y de la moto, para entrar al atasco mañanero quemando lo poquito que queda de mi sueldo.

El orondo banquero del chaqué y la chistera sonríe oculto detrás de su escritorio de caoba. Su grandioso despacho de muebles de diseño, su colección de arte, su dinero. Arrebatado a todos y a ninguno.

¡Que nadie os obliga, mentecatos! Podéis vivir en la indigencia, sin dulce, sin salado, sin el alcohol barato de hacendado, sin el árbitro injusto del domingo, sin el coche o la moto financiados. ¡Os reto a que lo hagáis, cobarde masa informe de alienados!

Y para que veáis que no soy tan mal verdugo, también animo a que miréis un poco atrás y echéis la cuenta de lo que mis abuelos daban a los vuestros. Eran migajas, si hacéis comparación. Todavía tenéis que estar agradecidos.

Por eso os piso el cuello y me votáis, pandilla de pringados. Por eso y por las penas del infierno, que para eso lo pusimos donde está. Para hacer que los cobardes se hagan las cosas en sus propios pantalones. Que, por cierto, todavía los tienes que pagar. A primeros de mes te llega el cargo de la tarjeta.

Resumiendo: Paga, calla y sigue dando vueltas a la noria, que tienes que seguir hacíendome un poco más inmensamente rico cada día. A cambio, ya lo sabes, subidas moderadas y constantes del precio de lo dulce, lo salado, la botella barata de rico matarratas, el carné de mejor aficionado y la lejana quimera de un escape de ensueño. Porque a alguien, seguro, le tocan esos ciegos.

El dilema de la formación

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¿Tenemos demasiados ignorantes? La respuesta es afirmativa, a juzgar por el éxito de la televisión chusca. Todo lo aceptado como “elevado” en el ámbito cultural es “solo para minorías” en España.

Seguro que existe un equipo multidisciplinar (estadístico, sociólogo, positivito de guardia y usuario de barra de bar) que construye una campana de Gauss con los grupos de población que:

  • Ni siquiera son conscientes de lo ignorantes que son.
  • Son ignorantes y eso forma parte de su zona de confort: borracho, soltero e insolvente.
  • Se conforman con los 420 euros y ni siquiera piensan en lo que será de ellos cuando falten sus padres junto con sus pensiones.
  • Quieren volver al mundo laboral, pero no tienen las fuerzas, los conocimientos, los medios y el apoyo para hacerlo.
  • Se dejan los cuernos para mantenerse al día en las novedades de sus profesiones, siendo incomprendidos por los que apoyan el codo en la barra del bar.
  • Tienen la inmensa suerte de contar con un empresario/jefe/responsable que invierte en su desarrollo profesional.

¿Nos formamos o dejamos que cuatro oligarcas -que mandan a sus hijos al extranjero a estudiar- sigan manipulándonos?

¿Nos quitamos esa idea tan extendida? Esa que dice que “si le doy formación se va a ir a otro sitio a ganar más”

[Un día se escribirá la historia de los timos de los cursos subvencionados. En volumen no se comparan a los timos de las cajas de ahorros, pero en daño a la población seguramente sí…]