Tupideces

Opio

OPIUM

El trabajo de su vida. Asesor de la Moncloa. Gafitas de pasta. Patilla fina y alargada como si a Curro Jiménez le hubiera dado un pitangüí con la navaja de afeitar a dos centímetros del gaznate. Tirantes con la bandera de España, que se note el poderío. Traje de rayitas recién comprado. Con las prisas, no es de su talla. Da igual.

Primera ocasión para reivindicar su utilidad en el lugar. Recorre los pasillos del gabinete dando grandes voces. Hay que parar eso de las redes sociales. Mira lo que dicen. Es intolerable. Se mofan de nosotros a pesar de que estamos salvando sus miserables vidas. Desagradecidos.

Menos mal que otro asesor -más viejo y sosegado- detiene sus pasos, empujándole al interior de un despacho. ¿Tú no recuerdas lo que hacía Franco con el fútbol? Cierto, no habías nacido. Pero da igual, en la actualidad se sigue haciendo. Se otorga un rato de felicidad a los parias, de modo que recarguen las pilas de su denigrada existencia para una temporada.

Pues las redes sociales son… exactamente eso mismo. Tenemos que decir en todas partes que es intolerable, que castigaremos a los infractores -de una ley que nos sacaremos de la manga- y que el que la hace la paga, como mandan los cánones del estado de derecho. Pero no aquí, estúpido. Aquí no es necesario.

En estos despachos sabemos que las redes sociales son el opio del pueblo. Otro más. Se desfogan, despotrican, nos ponen a bajar de un burro y se quedan relajaditos en el sillón, satisfechos del deber cumplido. Mientras tanto, nosotros tomamos al asalto el mundo real, con sus euros de vellón, sus lucrativas energías -renovables o no- y sus bienes raíces.

Así que, haz el favor, vete al Congreso y busca un grupo de tres. Entrevistador/a mono/a, cámara y técnico de sonido. Que te grabe en actitud firme pero serena. Que se sepa que estamos en contra de las redes sociales, que son un nido de monstruos, rojos, homosexuales y terroristas. Ojo, resiste la tentación de rematar la declaración con un “que se jodan”. Da mala suerte.

Y vuelve a tiempo para el partido, que vamos a envolvernos en la bandera. Máxima rivalidad.

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Tapacubos

1500

Bien pequeño era cuando me vi obligado, bien lo sabe Dioni, a abandonar durante un rato el mundo de mis pinturas y mis libros para acompañar a mi padre. Por razones que se me escapaban y que jamás conseguí pasar por el filtro del raciocinio, era el momento de comprar un automóvil.

En aquellas fechas, el aparato del estado se aseguraba de acaparar el tiempo de sus peones estratégicos, de modo y manera que siempre estuvieran localizables, prestos a visitar El Pardo o cualquier otro lugar en que su excelencia se encontrase. El señor subsecretario disponía que se estacionase permanentemente en la puerta de nuestra casa un aparatoso Dodge Dart con su chauffeur, para llevar y traer a mi progenitor allá donde fuese requerido.

No gustaban a semejante señor las escapadas de mis padres al solar materno, más que nada por lo incómodo y prolongado del viaje de vuelta. En un par de ocasiones interrumpió nuestro descanso cordobés por obra y gracia de un telegrama urgente enviado al cuartelillo. Un sargento y un número de grandes bigotes sudaban la gota gorda bajando la calle nueva a las tórridas cinco de la tarde.

“Mil doscientas varas, más o menos, de la plaza a la cañaílla” -decían los del lugar. Mi abuelo materno, de origen italiano, se ganó el mote de mediolitro a fuerza de usar el sistema métrico decimal aprendido en su Montecattini natal. Lo mismo daba. En varas o en metros, los beneméritos empapaban sus gruesos chaquetones y sus raídos correajes en sudor. Ya en casa, mi tía ofrecía a los recién llegados el botijo sanador, ignorantes de la existencia de la gaseosa, una refrescante bebida mágica que se fabricaba con agua y polvos traídos de la capital.

Pero dejemos de saltar entre la Andalusí y la Toscana. Volvamos a la Castellana, donde un vendedor de traje raquítico -parece Perecito, decía mi madre- intentaba resaltar las bondades de la nueva gama que la SEAT había presentado a bombo y platillo solamente unos días antes. Me resultaba bastante ajena la diferencia entre propiedad y afectación, y por ello no veía gracia alguna a la posible compra de otro tanque de aspecto parecido al que cada día me llevaba al colegio de los curas. Y eso que, por aquellas fechas, aún no corría por mis venas la sensación de velocidad sobre dos ruedas.

A la salida del concesionario, padre y madre morían discretamente de risa a causa del gran argumento utilizado por el vendedor: “¡Los tapacubos, dice! ¡Eso es lo que va a convencernos para que compremos este coche! ¡Los tapacubos!”

En aquellos tiempos todo se sabía, y -seguramente- en la secretaría general del movimiento recibieron reseña de la visita de mi padre a la concesión de la marca nacional. Comprar coches franceses no era ilegal, pero en el régimen no estaba muy bien visto. De forma bien discreta asomó a nuestro patio trasero un SIMCA días después. Menos caro y ostentoso, pero de parecida utilidad.

Pensaba yo que esto último también se sabría en algún ministerio, pero no. Jamás encajé del todo los extraños mecanismos del poder autoritario de aquel tiempo. No como ahora, que tenemos una democracia en la que todo se entiende mejor. Cuatro oligarcas son libres de poner a la electricidad y la gasolina el precio que ellos quieran.

Viva Chapata.

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Personas y máquinas

hombres y máquina

Me llama poderosamente la atención cada episodio de amor y odio, de incomprensión y estupor en el campo del diálogo entre persona y artefacto. En unos casos hay desazón porque el chisme no obedece, no hace lo esperado o no muestra con claridad lo que le duele. En otros cunde el desconcierto por la lentitud del aparato. Finalmente, los más graciosos están relacionados con asuntos económicos que nadie plantearía fuera del plano tecnológico.

Algunos consumidores de entretenimiento pretenden acceder, de forma rápida, discreta, conveniente, segura y gratuita, a un producto que obtendrían mediando pago -y sometiéndose a episodios de escarnio y vergüenza- en el mundo tradicional. Recuerdo a aquel directivo que relataba el momento en que fue pillado a la entrada del único cine X que existía en la capital de la provincia que le vio nacer.

Hay personas que reivindican el carácter remunerado de su trabajo, pero pretenden obtener “por su cara bonita” las herramientas para hacerlo. Otra discusión, no mezclemos, es la del precio. Con toda seguridad se cobra una cantidad exagerada por la suite ofimática más deseada. No creo que aguante un análisis de costes y beneficios más o menos serio.

En todo caso, existe el software libre. Hay muchas comunidades que donan su trabajo al público, permitiendo a la mayoría de los usuarios obtener un rendimiento equivalente sin arriesgarse a los efectos de un virus o un troyano informático. Aunque es cierto, nadie lo niega, que la adopción de todas esas herramientas conlleva un coste de aprendizaje, instalación y manejo.

Pero a todos nos parece tan normal que haya que pagar por ir en automóvil a un lugar, y que ir andando sea gratis y requiera más esfuerzo y tiempo.

Dicho sea lo anterior con carácter provisional. Si se puede meter miedo poniendo impuestos al sol para beneficio de eléctricas y petroleras, también se puede gravar el desgaste de zapatilla y denostar la libertad en favor de negocios de terceros.

Menudos son los mamporreros del oligarca cuando alguien intenta bloquear la puerta giratoria que les conducirá a la opulencia.

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Cerebro o Pelo

calvos

Sucede minutos antes del nacimiento. Has de tomar, sobre la marcha, una decisión trascendental. Puedes disfrutar de una cabellera deslumbrante, pero tendrá efectos dañinos para las conexiones de tu corteza cerebral. En pocas palabras, la mata de pelo hará que tu cerebro funcione como un móvil sin cobertura.

Si, por el contrario, eliges raciocinio, el precio que pagarás tampoco es pequeño. Tu cabeza tendrá aspecto de bola de billar. A los treinta se desploblará tu coronilla. Diez años después tendrás que conformarte con cuatro pelos largos que recorrerán tu brillante cráneo intentando -sin éxito- evitar que se te vea el cartón.

Todos imaginan que la capacidad intelectual les catapultará a los puestos de dirección de las multinacionales, pero no. En la práctica, sólo uno de cada mil directivos es escaso de pelo. Los restantes tienen la cabeza como el gorro de un cosaco.

Sólo las maniobras barriobajeras, las puñaladas por la espalda y la ambición desmedida son eficaces para el éxito profesional. Los inteligentes, los preparados y los trabajadores emigran a lugares con algo de imasdé en los que, por ser inmigrantes, reciben una compensación mierdera por su trabajo.

Ya me lo dijo mi madre: “Estudia con ahínco para labrarte un porvenir”.

Mientras tanto, en una galaxia muy muy lejana, Belén Esteban sonríe. Por llamar de algún modo a esa mueca pedorreta.

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Leonard Nimoy

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Live long and prosper

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Bien Mal

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El mal, ese sucio traidor, cínico empedernido, absurdo autodestructivo. “Ahora apetece una copa.” -dijo con aire de inocencia, como el que nunca ha roto un plato.

El bien, tímido y recatado, inseguro casi siempre, por esta vez habló con decisión. “Ni apetece ni se justifica. No hay angustia ni dolor. No hay preocupaciones. La vida es hermosa y no tiene sentido envenenarla.”

La botella permaneció en la estantería. Ganó la partida, siquiera una vez, el bien al mal.

No obstante, bajar la guardia sería un error fatal. El mal siempre intenta nuevos engaños. Toda la industria del alambique jalea sus acechanzas.

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