Aterriza

a400m

Volar mola. Extender las alas, elevarse por encima de los tejados, observar a los demás como si fueran hormiguitas y dejarse llevar por el viento con majestuosidad.

Corres el riesgo de creerte inmortal, invencible, invulnerable. Pierdes la noción de la realidad.

Creas un mundo perfecto en el que tienes poder infinito para eliminar a quienes te limitaban. Acabas con las enfermedades, las desigualdades, las miserias y las opresiones. Se demuestra que te robaban. Nadas en billetes de quinientos, ahora que ha cesado el expolio constante de tus recursos. Tu recién estrenada agencia tributaria no necesita recaudar forzosamente. Todos aportan de manera voluntaria y cunde la prosperidad al lado de la abundancia. Un impulso romántico ha hecho que los taimados oligarcas renuncien a una quinta parte de sus posesiones. A cambio de nada. Por tu cara bonita.

Abres -más- embajadas por todo el orbe pero no en la urbe, antigua metrópoli de la opresión. No hay que rebajarse. Que mueran de envidia por malvivir privados de tu excelsa presencia. Que el mundo sepa cómo las gastas.

Cientos de aeropuertos comunican el territorio. No es necesario poner el asiento en posición vertical, ni la mesa plegada. Hay tantas salidas de emergencia -a ambos lados del fuselaje- que podrías salir de la aeronave sin pisar el pasillo. Cientos de tripulantes, dos por pasajero, sirven cava a placer. Y caviar del bueno, nada de sucedáneos. El aparato da un par de vueltas a la comarca, por aquello de hacer tiempo y saborear el vuelo.

Miles de trenes de alta velocidad jalonan el subsuelo. No como los bárbaros del exterior, que estropean sus secarrales con vías que van por la superficie. Más tripulantes, más cava y más caviar. Más salidas de emergencia.

Millones de autos deportivos se lucen en las recién estrenadas autopistas. Por supuesto, sin peaje. Gratis total. Ocho carriles en cada sentido. Líneas continuas y discontinuas pintadas en dorado. Que se note el poderío. No hay radares ni límites de velocidad. En las áreas de servicio se sirve… claro. Cava y caviar. Todo de la mejor calidad.

Despiertas. Sacas la mano del orinal. Te acompaña un señor muy serio con enorme bigote, uniforme verde y brillante tricornio negro. Que se lo expliques al señor Juez, dice. Y que no consumas esas porquerías, que nublan el intelecto y privan de la razón. Que tienes derecho a un abogado. Que si no puedes pagarlo te asignarán uno de oficio.

Y toma una moneda, que puedes hacer una llamada. Lástima, nadie contesta. Todos marcharon a Andorra por algún extraño motivo.

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