Playa

playa

Esta es la historia de aquel día en el que empezamos a ser felices.

Medio siglo -casi- nos contemplaba. Varias ruinas de proyecto vital a nuestras espaldas, musitando a nuestro oído lo mal que lo habíamos hecho, lo inútiles y culpables que éramos, el daño que habíamos infringido a nuestros pequeños.

Por suerte, todo aquel dolor nos importó un bledo y se nos fundieron los cuerpos en un abrazo que marcó el principio de esta época. Convulsa, incierta y a veces complicada, pero nuestra. Poco a poco se diluyen los recuerdos amargos. En algunas ocasiones metemos la piqueta, o el destornillador o el martillo, y saltan por los aires las cosas que nos sobran.

Alguien de confianza retira el escombro. O las astillas. O lo que corresponda. De residuos, calores y humedades ya sabemos un rato, a fuerza de hacer limpiezas y mudanzas.

Ya sé que fue en el aparcamiento de un centro comercial. Y en el de una ciudad universitaria en la que, a la sazón, yo trabajaba.

Permite que el recuerdo se muestre tan borroso como haga falta. Permite que parezca que era arena de la orilla del mar y no asfalto del centro de la urbe.

Ya sabemos que, no tardando mucho, cumpliremos promesas de largos y pausados paseos por la playa, el monte, la pradera o la jungla de alquitrán.

Importa poco el tiempo y el lugar, porque es la compañía y el abrazo lo que cuenta.

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