Libertad

Cerró la puerta, bajó las escaleras y caminó sin mirar atrás.

A sus espaldas, veinte años o más de desprecios, falsas condescendencias, comportamientos dictatoriales e insultos no disimulados. Hasta el acceso a la cuenta le quitó. Y las tarjetas se las rompió a tijeretazos. Gastaba demasiado, según su criterio. Y claro, él quería darse un capricho de vez en cuando y no había fondos. Ella se había gastado los dineros. Decía que se había ido la tela en alimento y vestimenta, pero cualquiera se fía de una mujer ociosa.

Su madre, la de él, alimentaba los demonios a base de críticas. Su niño, el de ella, la madre, la de él, era sagrado. No comprendía cómo había caído tan bajo como para casarse con ella, pero una vez cometido el pecado se tenía que poner coto a los desmanes. Tú dale quinientas pesetas y que se arregle. Él, el hijo, el hijo de su madre, calentaba a la vieja asquerosa en vez de defender a su mujer, la de él, la que estaba cada vez más harta del hijo, el muy hijo de su madre.

Así que aprovechó la coyuntura y se marchó. Buscó la libertad avanzando a pie por el desierto de la incertidumbre. Llegó a la orilla del mar de la tranquilidad. Juró por su conciencia y honor que ya nadie pisaría su cuello. Pudo prometer y prometió que defendería su independencia a capa y espada. A Dios puso por testigo de que jamás volvería a pasar humillación. Sospechó que la madre, la de él, estaría poniéndola a bajar de un burro, uno muy alto para que la caída fuera más dura.

Todo daba igual. Porque la libertad, nadie se lo dijo a mi querido Sancho, tiene un altísimo precio. Tan cara sale que no queda dinero para nada más. Normalmente, el común de los mortales prefiere la esclavitud por lo fácil que resulta. Agachas las orejas, accedes a los deseos de pernada de tu señor, callas la boca y saboreas el mendrugo que sobró ayer en la mesa de los amos.

Una mierda grande como el sombrero de un picaor. A ella no se la tira ningún señorito de la capital, ya lluevan del cielo mil números de la santa inquisición con bigote, escopeta y correajes. A ella no se la obliga a callar y asentir, a ser sumisa o a dejarse esclavizar. A ella no se la amenaza con las penas del infierno. Y si algún cuervo negro intenta asustar con la milonga del fuego eterno, ella se ríe y le contesta que salud y república.

Sabe que tiene a sus peores enemigos en las filas de su propio género. Esas que solamente vivieron en cautividad, y que tienen marcada a jierro en sus cerebros la cantinela de la tradición. Cada vez son menos, pero clavan las uñas con fuerza en el santo nombre de la salvación eterna. Claro, contra eso no hay quien pueda.

Salvo ella, que ignora todas esas amenazas y camina con paso firme hacia la libertad.

Salvo todas ellas, las que siguen su camino, el de ella, que mandó a hacer colecciones de puñetas a la madre, la de él, y se pasó por el forro los improperios que salían de su boca. La de ella, la madre del hijo de su madre que afirma con vehemencia que el lugar de la mujer decente está entre la cocina y el tendedero. En casa y con la pata quebrada. Sumisa y solícita, a tenor de los deseos de un caduco señor feudal.

 

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