Los problemas del capitán

Titanic-sinking

El viejo lobo de mar paseaba atribulado por cubierta.

Todo era inconveniente. Todos le calentaban la cabeza.

El maestro de ceremonias con la intensidad de las lámparas de la sala de fiestas.

El afinador con la imposibilidad material de hacer su trabajo porque el piano estaba mal orientado, y además se movía ligeramente al vaivén de la mar.

El maître con la disposición de los comensales.

El cocinero con la densidad de la nata montada.

El sobrecargo con los pasajeros de tercera clase que se colaban en las cubiertas superiores intentando ver ese espectacular despliegue de glamour y distinción.

El consejo de administración y los accionistas de la naviera con el requerimiento irrenunciable de obtener más velocidad.

Cualquier cosa menos someterse a la vergüenza de la penalización por impuntualidad que se paga, según contrato, a los clientes de primera.

Con tantos y tan variados asuntos por resolver, ni siquiera escuchó al tiznado que subió de calderas explicando no sé qué de un trozo de hielo que había arañado el casco.

Así está la cosa en el panorama empresarial de la madre patria. A punto de hundirnos, con los pies metidos en barro fofo y preocupados por el color de la pluma del sombrero.

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