Le conducteur de sa majesté

chauffeur

Llevaba aproximadamente tres meses en mi nuevo empleo y ya había gozado en repetidas ocasiones de los placeres de la exótica hospitalidad oriental. Pero aquella tarde, cuando la reina me llamó a su presencia con carácter urgente, abandoné de golpe la ensoñación. Acudí inmediatamente porque es esa, la presteza, una de las virtudes de un buen chauffeur de su majestad.

El subsuelo de la capital del reino está horadado por una tupida red de túneles que comunican la parte noble de palacio con las dependencias del servicio. Todavía no conozco del todo el lugar, pero aprovecho mi sentido de la orientación, otra de las características inherentes a un buen conductor del rey, para llegar al lugar en el que me espera la reina con ansiedad.

Una planchadora ha salvado de la destrucción una nota que tiene impreso el sello real. Estaba cuidadosamente doblada en el interior del bolsillo de una camisa del rey. La reina es hermosísima, pero no fue educada para las letras ni las ciencias. Sin embargo, quiere saber a toda costa lo que pone en el papel.

Instintivamente asoma mi natural tendencia a la obediencia debida a la real familia, otra de las características que adornan a cualquier profesional del servicio que se precie. Desdoblo la nota y leo para mis adentros.

“De: S. M.
A: Chauffeur.
He sabido que mi esposa comete frecuentes infidelidades con personas de palacio.
Es mi deseo que la traigáis a mi presencia esta tarde al término de las audiencias reales.
En ese momento y lugar será juzgada y condenada por adulterio.
Después la llevaréis a la torre de marfil de palacio para que sea ajusticiada al amanecer.
Como podéis imaginar, espero de vos la máxima reserva para evitar escándalos.
Yo, el Rey” 

Haciendo honor a la discreción, virtud del buen trabajador real, explico a la reina que, con el poco tiempo que llevo en el puesto, aún no he tenido oportunidad de aprender su lengua al detalle.

“Unos cuantos topónimos y las palabras más comunes. Lo justo para no perderme por las carreteras del país y para sobrevivir en viaje. Lamento, majestad, no saber traducir la nota de vuestro real esposo.”

En eso, me aparta a un lado y susurra:

“Imagino que sí sabréis el camino de mis aposentos, y espero que tengáis tiempo para una copa de vino antes de que mi esposo termine de atender a los embajadores…”

Muestro otra de las virtudes del servicio de palacio, la positividad, y contesto tal y como ella espera.

“Lo que su majestad la reina tenga a bien ordenar. Dadme dos minutos para retirar a las cocheras la limousine, no vaya a verla alguien inconveniente…”

Ahora se manifiesta la más valiosa de las lecciones aprendidas en experiencias anteriores. Un buen chauffeur hace siempre gala de su anticipación. Siempre llevo un pequeño trolley con algo de ropa y efectos de higiene personal en el maletero. Me dirijo discretamente al aeropuerto, dejo el vehículo en el parking de autoridades y recorro a pie, sin prisa, el pasillo que lo une con la terminal internacional.

La presencia también importa en estos casos. Entre tantas chilabas blancas como la nieve, mi casaca de color marfil delata mi filiación como miembro del servicio de su majestad. Cambio mi aspecto en los lavabos y compro un pasaje para el primer vuelo con destino a un país occidental.

Anoto la huida a tiempo, un nuevo rasgo que he de sumar a la lista de atributos del buen trabajador de palacio, por si surgiera otra oportunidad similar.

 

[La foto es del Picme Blog: picme.lk]

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s