Ahora

Es la existencia humana una pugna entre unos y otros. El bien, dicen de sí mismos, y el mal, que así llaman al adversario.

Imagina el caso extremo. Los ladrones desaparecen por la eficacia de la policía y los juzgados. Los militares vencen, y ya no quedan enemigos que combatir. El fuego se apaga, no hay pirómanos, y no hace falta ya tener bomberos. Vencemos la enfermedad, están de más los médicos. Se hacen obras perfectas, haciendo innecesario el ramo entero de la edificación. Y con todos los malos resultantes, hace un magnífico trabajo la penitenciaría, convirtiendo delincuentes en gentes renovadas que pueden, sin peligro, salir en libertad.

Un desastre, porque la sociedad no tiene ocupación para tanto gremio obsolescente.

Cuando nos falta el mal, el poder considera necesario crear uno. Taimado, despiadado, cruel. Que sea bienvenido el tráfico de armas para su oportuno exterminio. Semilla del futuro negocio de la reconstrucción.

Y así se nos ofrece la tragedia, como un daño colateral irremediablemente asociado a nuestro beneficio.

Nos invade el horror. Temblamos de inseguridad. Pedimos protección y estamos bien dispuestos a pagarla.

Una porquería. Pero una porquería muy lucrativa para los que no tienen escrúpulos.

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