2016-08-05

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Día primero de asueto. Calores de morir. De casa al charco y del charco a casa. Los placeres de la siesta. No soy de ventiladores, así que toca soportar los rigores de la hora central del día. Por fortuna, el sol de la tarde cae al otro lado de la casa.

Recuerdo a aquellos números de la benemérita que traían recados de El Pardo. Solamente tenían un uniforme, de invierno y de verano. Mandaba el reglamento llevar relucientes de limpios los puños y los cuellos de camisa, brillantes e impolutos los negros correajes, sin mota de polvo las botas y el tricornio. De aquellos sudores no había nada escrito, pero sudaban los dos, número y cabo. La gota gorda.

A aquellas juventudes, divinos tesoros, parecían castigos las siestas obligadas. Por la familia y por el tórrido verano cordobés. Caían pájaros del tendido telefónico, aquel milagro que dejaba en nada las distancias. Hablar con la fábrica sin necesidad de recorrer a pleno sol la calle nueva hasta la cañaílla. Conversar con la capital sin tener que empeñar la noche entera en aquel tren correo que paraba en cada pueblo.

Hoy son cotidianas cosas que ayer eran extraordinarias. Y viceversa.

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