2016-08-11

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Séptimo día de asueto. Rota la promesa de no tocar la computadora, y rota la de no dejar pasar un día sin escribir. Es que, en realidad, la única promesa que cumplo en vacaciones tiene que ver con incumplir alegremente. Compromisos y fechas límite se quedan abandonados en la cuneta del pausado devenir de los acontecimientos.

Dice mi mejor -que también es mi mujer- que todo me viene bien. A veces se siente incómoda porque pone planes en fila y yo los voy aceptando sin rechistar. En primer lugar, son planes estupendos. Que intente subirme en un avión a Londres -a trabajar, se entiende- y verá de qué tamaño es la negativa. En segundo lugar, cada plan descubre un matiz de este paisaje, un nuevo lugar en el que retirarse, un latifundio con su imaginario señor marqués en el interior, un baño de sol, de mar, de viento, de gastronomía andaluza.

No hay placer igual.

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