Mercado (teatrillo del)

Se abre el telón. Curtido en mil batallas, bañado una y otra vez por la luz del éxito, odiado y admirado a partes iguales, el famoso director de recursos humanos casi se cae de la silla al recibir la noticia.

Director: ¿¿¿¡¡¡Cómo que se ha despedido!!!??? Con la que está cayendo ahí fuera ¿Tiene la desfachatez de plantarse y pedir la cuenta? No puede ser. Tiene que tratarse de un error. De aquí no se va nadie sin que yo lo ponga de patitas en la calle. A ver, traiga a mi presencia a ese botarate.

Machaca: Se ha ido, señor director. Sin más. Dice que le mandemos el finiquito o lo que sea por correo ordinario. Ordinario, como lo oye. Como si aquí no fuera todo de primeras calidades. La puerta y hasta más ver.

Director: Esto es intolerable. Después de todo lo que hemos hecho por él. Saque una lista de cosas, que vamos a darle con ella en las narices. Por ejemplo, la formación.

Machaca: Pues la verdad es que no se ha hecho ningún curso en los últimos años, señor director. Bueno, las comidas de directivos en la sierra podrían contar como cursos. Al fin y al cabo, dicen las malas lenguas que el Presidente pronuncia un discurso inaugural antes de sacar las botellas de licor.

Director: ¿Y los beneficios sociales? Porque no me dirá usted que tienen parangón en el sector.

Machaca: Esto… verá. El seguro médico sólo cubre a los altos directivos. El cheque restaurante y la plaza de aparcamiento se descuenta de la nómina. Tal vez el cuarto de hora del bocadillo, pero desde que instalamos los lectores de huella en los accesos y en los lavabos se contabilizan las ausencias al minuto. Sólo se hace la vista gorda con los que toman el café de la máquina -náusea reprimida- y comen en su mesa.

Director: Pero coincidirá conmigo en que el clima laboral es el mejor en muchas leguas a la redonda. Eso tiene un valor.

Machaca: Si, así es. Salvo aquel día en el que se casi se pegan dos por la temperatura ambiente, y aquel otro en el que nos denunciaron por el reparto de los puestos de trabajo. Es que en verano le da el sol en los ojos a la mitad de la gente, y en la espalda a la otra mitad. Por cierto, ¿Se ha acordado de mirar la oferta de sillas ergonómicas y pantallas regulables?

Director: No se me desvíe del tema. Este es el precio que se paga por trabajar en un entorno privilegiado. Estamos en la zona más distinguida de la ciudad.

Machaca: En eso tiene razón. Tan exclusivo es el lugar que casi nadie puede vivir a menos de cuarenta kilómetros. Tardan más de una hora en llegar cada mañana, hacinados en el transporte público. O se arruinan por el precio de la gasolina y vienen hartos del gran atasco. Eso sí se nota.

Director: Y los sueldos, me dirá usted que pagamos mal.

Machaca: No señor, no se lo diré. Pero, a lo peor, resulta que el dinero no lo es todo y muchos prefieren un ambiente menos prestigioso y más normalito, con tal de rodearse de personas con buen corazón.

Director: No dice usted más que tonterías.

Machaca: Pues es la voz de la gente en los pasillos.

Director: Excusas. Aquí lo que pasa es que son una panda de vagos. Por lo pronto, vamos a despedir a cinco o seis para que tomen nota. Elíjame a los más conflictivos y contestatarios. Daremos un escarmiento.

Machaca: De inmediato, señor director.

Se cierra el telón. La penumbra inunda el salón de actos del Círculo de Empresaurios, que se funde en cerrada ovación.

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