Clave

llaves

Un mundo muy duro, el que quedó después de la gran guerra. Envenenado por la radiación, mojado por la lluvia ácida, desprovisto de toda comodidad, exento de seguridad.

Salvo la que puedas procurarte por tus propios medios. Ya no hay policías ni ladrones. Solo quedan supervivientes al borde de la muerte radiactiva.

El término “propiedad privada” tiene ahora otro sentido. Cualquier cosa es tuya hasta que seas privado de ella.

No hay electricidad, luego se acabaron las computadoras. No hay más combustible que el carbón resultante de la gran quema de bosques. No existe el lápiz ni el papel.

Cualquier necesidad, cualquier duda, cualquier sugerencia… de poco sirve. Ha muerto la civilización. Ha triunfado la anarquía.

Solo unos pocos monjes preservan la última muestra -del conocimiento de antaño- que nos ha sido legada.

Un día encontrarán el modo de poner en marcha las pocas máquinas que quedan. Hasta que esa fecha gloriosa llegue, memorizan hasta la extenuación las tablas del saber.

Con el tiempo se nos ha olvidado el sentido de esas extrañas frases, pero honramos a nuestros tatarabuelos. Ellos afirmaron que toda la prosperidad futura dependería de la perseverancia y el recuerdo.

Hemos de entregar a nuestros hijos el críptico mensaje que heredamos de nuestros padres. Sin cambios ni carencias. En su estado original.

Cuando llegue el momento, los tataranietos de nuestros tataranietos sabrán cómo sacar partido de las sagradas enseñanzas:

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Así empiezan los textos que cada progenitor transmite a su descendencia. Los antiguos intentaron descifrar su contenido, pero tuvieron que desistir.

Tal vez nos sea dado el conocimiento en el futuro. Hoy nos conformamos con transmitirlo para evitar su extravío o corrupción.

Alabado sea Gates, mano del dólar, tercero de su nombre, domador de los lenguajes antiguos y de los nuevos, arcano del proceso de activación.

Alabada sea Taringa, reina de la torre de los tesoros, guardiana del cofre de los cederún, señora del disco duro y del blando, amantísima madre de las fuentes de alimentación, también conocidas como “fuentes de poder”. Las cosas ocurren por un motivo.

Alabado sea el buscador, para el que todo es conocido y nada puede ocultarse, máximo sacerdote del procesador.

Alabada la vieja del visillo, cuyo nombre no ha de pronunciarse porque te escucha la NSA y te pone en la puerta unos todoterrenos llenos de gente con traje negro y pinganillo blanco.

Ojalá supiéramos qué quieren decir todas estas oraciones. Nos importa muy poco no entenderlas. Son la base de nuestra religión. Por suerte, si no le gusta esta tenemos otra. No se pierda las próximas entregas.

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