Brownie

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Son casi infinitas las variaciones existentes alrededor del concepto que casi siempre se representa teñido de color marrón.

Para algunos, el marrón es algo sencillamente indeseado y que no aporta nada bueno.

Otros se centran en la inoportunidad. El marrón pulula por los despachos de los directivos todo el día, y se deposita sobre la coronilla del currito a la hora de salida menos cinco.

  • Es para ya, oiga. Aunque no duerma.
  • Y una mierda. Por esta caricatura de sueldo se queda usted aquí. Yo me voy a carreful a hacer la compra y después a casa limpiar el polvo. Que no tengo asistente/a.
  • Queda despedido. Ah, no, que alguien tiene que comerse el marrón. Pero arrieritos somos…

La taxonomía tiene su guasa. La humanidad se divide en dos: brown-eaters y brown-dispatchers. No se conoce la razón por la que caemos en un lado o en el otro, pero la tendencia es clara. Somos depositados de un lado de la línea de puntos y allí permanecemos hasta el día de nuestro juicio final. Hay excepciones documentadas, pero son eso. Rarezas.

Los mejores hacen del marrón un arte. Consiguen un estatus solo comparable al de los gurús o guruses, que levitan por la oficina con los pies a veinte centímetros del suelo. Se les reconoce fácilmente por la túnica y el gorrito de papel de aluminio. También puede encontrarse a algún devorador de marrones cubierto por una capa roja y con los calzoncillos por fuera de los pantalones. No lo dude. Ni es un pájaro ni es un avión. Es SuperBrown.

La ingesta de un marrón de vez en cuando te pone en contacto con la realidad, te recuerda lo frugal de la existencia y aporta toneladas de humildad a tu carácter.

Muy al contrario, el despacho indiscriminado de marrones estigmatiza al repartidor y le condena al ostracismo laboral. Nadie tiene piedad de los especímenes de este calado.

La otra señal relevante es la vestimenta. Raramente se come el truño un trajeado, y más raramente lo despacha uno de casual. Es verdad que esto está cambiando, supongo que es culpa de la crisis. Armani ya no es lo que era.

El equilibrio del planeta depende de muchos factores. Unos contaminan, otros limpian. Unos venden armas, otros las disparan. Unos predican la igualdad y otros se quedan con lo que se pone a su alcance. Unos despachan marrones y otros se los comen.

En pocas palabras: En bien del planeta, cómase el marrón usted mismo y déjeme en paz. Gracias.

 

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