Revolución

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Así le sorprendí -a ese que es igualito que yo, pero no soy yo- conspirando para hacer la revolución.

Solitario como es, encontraba serias dificultades para hallar compañeros de viaje.

No se molestó en preguntar a los oligarcas. Gordos y lustrosos, con sus chaqués y sus chisteras, son los últimos en querer cambios. Que la vida siga igual, y que los beneficios sigan manando. Así se envenene el planeta o se caiga el cielo sobre nuestras cabezas.

Tampoco preguntó a sus cómplices. Escoltas, jardineros, chóferes, cocineros, mayordomos, palafreneros, amos y amas de llaves. Malviven de ello, pero no se arriesgan a perder lo poco que tienen.

Descartó a los políticos por la misma razón. Solamente son una versión refinada de los anteriores, y estaban ocupados recalificando cosas.

Fue en busca de las masas indiferentes. Nadie le hizo caso. Jugaba la selección esa tarde, y eso es sagrao.

Poca suerte tuvo con los funcionarios, los actores, los músicos, los titiriteros. No se paró a preguntar el motivo de su acomodo.

En los jubilados encontró consuelo y palabras de prudencia. Nada parecido a lo necesario para conseguir su objetivo.

Después se acercó a los parias de la tierra. Los que nada tienen y nada pierden. Tampoco hicieron caso. Al fin y al cabo, no tenía aspecto ni maneras de revolucionario. Creyeron que se trataba de un infiltrado buscando excusas para aplicar alguna ley de extranjería.

Así se marchó, solo y atribulado, en busca de tierras más propicias para la libertad y la justicia.

 

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