Días Raros

 

Todos insisten en moverme y yo prefiero aferrarme a lo que me hace sentir bien.

Cantos de sirena.

“Pasadas rentabilidades no garantizan rendimientos futuros”, reza la letra pequeña del prospecto.

¿Taimado banquero o cliente avaricioso? Tal vez ambos.

Nunca sabremos si firmaron sin leer porque no sabían, porque no querían, porque confiaron o porque fueron engañados.

O tal vez firmaron leyendo sin comprender, o comprendiendo sin reconocerlo.

O se hacían los muertos, hipnotizados por el tintineo de las treinta monedas de oro.

Dinero fácil. Alto rendimiento. Opacidad fiscal. Discreción absoluta. ¿Qué puede fallar?

Si, hay una mezcla. No, no hay dos casos iguales. En un extremo, la viejecita timada. En el otro, el tiburón del bisnes casual. Gama de grises, tantos tonos como inversores.

El caso es que no me arriesgué cuando podía, y ahora estoy pagando la fiesta de los que se tiraron al barro sin poder ni deber.

Me muevo, eventualmente, pero a mejor.

El fairy para el que lo trabaja. Que pringuen lavando platos los que disfrutaron de la bacanal.

Sigo a mi dieta, que no están los estómagos para chacinas.

Te abrazo fuerte porque quiero, porque te quiero, porque me necesitas y porque te necesito. Lo demás es sólo para pagar las facturas.

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