El porquero de Agamenón

agamenon

Me asaltó ayer la duda. Ando debatiéndome entre la necesidad de exigir

(a) el cumplimiento de la legislación vigente, igualdad en estado puro, o

(b) el comportamiento ejemplar, cada cual haciendo lo que predica.

Pero, de golpe, caí en la cuenta de que son cuatro cochinos euros, y no la fortuna de Amancio Ortega.

¿Es justo exigir a cada cual que haga honor en la práctica a sus planteamientos teóricos? Tal vez.

¿Qué hacemos, en ese caso, con los que quieren el liberalismo del “laissez faire, laissez passer” o el capitalismo salvaje del “sálvese quien pueda”? Tal vez, legislar en su contra.

Es que, en caso contrario, condenamos al mundo a convertirse en algo más nauseabundo todavía.

El caso es que sigo en la duda, dando parte de razón a los dos criterios. Por una parte, es genial predicar la hermandad entre los hombres y llevárselo muerto cuando se tiene ocasión. Pero, por la otra, también es estupendo predicar el amor libre y quedar exento de la fidelidad debida.

Sigo sin tomar demasiado partido, salvo en dos de las cuestiones:

(a) la magnitud del presunto delito, y

(b) el uso dado a la plusvalía, un portátil y un curso…

Se es pobre hasta para ser pobre. Otros se lo gastan en volquetes de putas. Ahí, creando empleo de calidad.

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