El dilema de la tristeza

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Llega un fatídico momento en el que llegas a la temida conclusión. Todo es farsa. Nada tiene sentido. La vida entera ha sido manipulación. Y, mucho peor, lo que te queda de existencia seguirá oliendo a lo mismo porque no eres Julio Iglesias. No puedes comprar una isla y perderte en la Micronesia.

Lejos de ser malo, ese amargo momento ha cambiado para siempre tu existencia. Has entrado a formar parte del selecto club de los que entienden la vida. Es un principio. Es EL principio. Ya no formas parte de la masa informe, manipulada, inconsciente.

¿Cómo vas a hacer para dejar de dar vueltas a la noria? El yugo pesa, y sería una faena dejar al burro de al lado con toda la tarea. Además está el miedo. Mucho peor es lo del pollo asado, que después de muerto sigue girando. Al menos a ti te queda el consuelo de la vida eterna.

Dejar las adicciones y liberarse de las enseñanzas grabadas a fuego. Ese parece el camino. Veamos.

¿A qué soy adicto? Vicios baratos, claro, otros no puedo. Un poquito de alcohol del hacendado, un poco de tabaco, el abono del fútbol, la conexión, las patatas, el bolsón de salados, el de dulces, los cómodos plazos del coche y de la moto, el euro de los ciegos y el de la primitiva. Poca cosa más. El resto se me va en supervivencia.

¿Y qué hay grabado a fuego? Tampoco es tanto. La vida eterna, los colores -el fútbol, otra vez- y eso de que más vale lo malo conocido. Mira a todos los nuevos. Se ve claro que vienen a robar, como los que ya están. Hasta los bolígrafos se llevan. Y no me gustan sus caras ni sus coletas.

¿Cómo puedo juntarme con gente como yo? Aquí cada uno va a lo suyo y seré presa fácil de tres aprovechados que buscan, solamente, hacer dinero traficando con mis buenas intenciones. No hay más futuro que el más de lo mismo. Así ha ocurrido en todas las revoluciones.

Va a ser verdad que el poder corrompe. Te lo digo yo, que todavía no he tocado pelo y ya estoy pensando en ampliarme el palacio que no tengo. Así que aquí me quedo. Con mi fútbol, mis patatas, mi botella de vino del barato y mis plazos del coche y de la moto, para entrar al atasco mañanero quemando lo poquito que queda de mi sueldo.

El orondo banquero del chaqué y la chistera sonríe oculto detrás de su escritorio de caoba. Su grandioso despacho de muebles de diseño, su colección de arte, su dinero. Arrebatado a todos y a ninguno.

¡Que nadie os obliga, mentecatos! Podéis vivir en la indigencia, sin dulce, sin salado, sin el alcohol barato de hacendado, sin el árbitro injusto del domingo, sin el coche o la moto financiados. ¡Os reto a que lo hagáis, cobarde masa informe de alienados!

Y para que veáis que no soy tan mal verdugo, también animo a que miréis un poco atrás y echéis la cuenta de lo que mis abuelos daban a los vuestros. Eran migajas, si hacéis comparación. Todavía tenéis que estar agradecidos.

Por eso os piso el cuello y me votáis, pandilla de pringados. Por eso y por las penas del infierno, que para eso lo pusimos donde está. Para hacer que los cobardes se hagan las cosas en sus propios pantalones. Que, por cierto, todavía los tienes que pagar. A primeros de mes te llega el cargo de la tarjeta.

Resumiendo: Paga, calla y sigue dando vueltas a la noria, que tienes que seguir hacíendome un poco más inmensamente rico cada día. A cambio, ya lo sabes, subidas moderadas y constantes del precio de lo dulce, lo salado, la botella barata de rico matarratas, el carné de mejor aficionado y la lejana quimera de un escape de ensueño. Porque a alguien, seguro, le tocan esos ciegos.

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