El cuento de la consultora

This artwork by Richard Milholland originally appeared with an article on the context of shame.
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Ustedes, que son gentes leídas y escribidas, ya han oído hablar del monarca Avar, que reina en Avarolandia, hermoso país de minorías codiciosas y aprovechadas -los avaros- que sojuzgan a obreros sin cualificar y profesionales sin motivar.

Esta historia detalla el fallecimiento del rey y el consiguiente ascenso al trono de su primogénito, el príncipe Óptimo. Muchos creían que su nombre hacía honor al optimismo, pero no. Fue bautizado en homenaje a la optimización, que es como llaman los expertos del ramo a la explotación laboral inmisericorde.

Avar, el rey codicioso, hizo del aprovechamiento absoluto un modo de vida. Obsesionado con las cuentas de resultados y los informes de progreso, contrató grandes expertos mundiales en la gestión de proyectos, equipos y demás especialidades del maltrato animal.

La causa oficial de su muerte fue una neumonitis, es decir, un achaque de la edad. Sin embargo, todos sus cercanos intuían que había fallecido del disgusto que le dio la gran gurú, o gurusa, que de ambas formas se dice en en la lengua avaricia, la oficial del país. La eminente figura de la organización empresarial marchó sin dejar rastro, de un día para otro, huyendo de sus propios actos, o sea, de los pobres resultados de su gestión.

Decidido a honrar la memoria de su augusto padre, el ya monarca Óptimo Primero de Avaricia se confabuló con Quinto de Codicia, segundo de abordo en el antiguo equipo directivo de la experta desaparecida. Los primeros espadas de la gurú fugada se convertirían en su consejo privado y terminarían la tarea que ella dejó a la mitad.

No tardó mucho el equipo consultor en diseñar un plan de acción. Disponían de un número escaso de profesionales. Competentes pero poco motivados, cumplían escrupulosamente con su cometido sin faltar de sus puestos de trabajo ni un solo minuto. Penosamente, las arcas del reino llevaban tiempo vaciándose, y la falta de motivación de los técnicos contribuía poco a rellenarlas.

Sin embargo, un buen consultor siempre encuentra el camino. Si no se puede hacer que trabajen con más ahínco, se estira por decreto el tamaño de los días, haciendo que pasen de veinticuatro a cuarenta y ocho las horas que dura una jornada. Es fácil suponer que esta modificación legislativa eleva la producción porque se pasa de trabajar ocho horas diarias a dieciocho. Por ley, siete días de casi cincuenta horas cada uno siguen formando una semana, y cuatro semanas siguen componiendo un mes que, sin embargo, dura el doble.

Son legión los que ya intuyen dónde está el truco. Como el salario es de periodicidad mensual, se recompensan las horas de más con el mismo sueldo de antes, que tiene que estirarse para que dure el doble de tiempo hasta que acabe el interminable mes extendido.

Así se estableció el primer principio de la consultoría: Si se te retrasa un proyecto, la solución no es poner más gente a trabajar en él, sino hacer que los mismos desgraciados trabajen más horas. La vida personal es un mito. Sencillamente brillante.

El enunciado del segundo principio de la consultoría mantiene el nivel de brillantez del anterior. Todo cuerpo sumergido en un mar de marrones experimenta un empuje hacia arriba, lo que hace necesario echarle más porquería encima para que no se salga del cubículo y siga trabajando de sol a sol. O de luna a luna, porque casi no ve la luz de día con esas medias jornadas tan completas.

Para exponer el tercer principio de la consultoría necesito un arnés, una estantería de esas que parecen cajas de pescado, bien fijada al suelo y a la pared, un látigo de doce puntas acabadas en bolitas de metal, un becario desnudo de cintura para abajo y una mordaza para que no se alarmen los vecinos.

Verás si estos mamones me llenan las arcas o no. Ya va corriendo prisa poner en marcha el compresor para que se infle la nueva burbuja inmobiliaria. Esas fábricas de ladrillos, cemento y viguetas de doble T tienen que volver al pleno rendimiento, y ustedes, míseros currantes, a consumir como posesos para mayor gloria y esplendor del negocio de la financiación al por menor.

Ya sé que no tienen ni para comer, pero es que tienen la manía de perderse en los detalles sin importancia. Por eso son ustedes tan pobres, porque no tienen visión de conjunto. Desde la atalaya del monarca se ve todo mucho más claro. Ustedes gastan lo que no tienen, se endeudan, y su majestad y sus adláteres se forran.

Como ha sido siempre, durante siglos y siglos, en la sagrada tierra de Avarolandia, donde no se pone el sol para que no le apliquen el temido instrumento del derecho de pernada. Que aquí te descuidas un segundo y te hacen la doce trece por la retaguardia.

{La imagen es de aquí pero todavía no me lo he mirado. Ya le tocará…}

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