El jardín de los encuentros casuales

Así salió -de las entrañas de aquel frío ejecutivo- el artista que llevaba años sin ver el sol.

No estaba muerto, estaba adormecido en su interior. Tal vez era víctima de la larga resaca que suele suceder a la parranda.

Pugnaba por salir. A pintar de colores la existencia.

Ya estaba bien de números, tan fríos como indica el resultado. Negativos, se pongan a la izquierda del eje de ordenadas. Positivos, un paso a la derecha.

Descanse cada cual donde desee. A su libre albedrío. A disfrutar del canto del jilguero. A escuchar parloteos del vistoso perico tropical.

El final del abuso, del egoísmo, del expolio. El principio del mundo compartido, justo, equitativo, responsable.

Abierto al público, en primicia mundial, aquel jardín que diseñé hace veinte años, y que quedó cerrado por teóricas reformas. Hasta nuevo aviso.

Al final surtió efecto el sortilegio. La suerte de encontrar en sus parterres a quien debí llevar -hace mil años- de mi mano.

Se acabó la miseria y llegó el arte.

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