Historias de El Jefe

el-jefe

El jefe iba por la vida destilando éxito. Ropa de marca, descapotable de capricho, rubia de bote, restaurante de tenedores, asiento de primera. Siempre alto standing, que la clase turista es de perdedores.

Todo ello, ya se sabe, más falso que una moneda de tres euros. Su éxito se basaba en el engaño y la ostentación. La ropa le sentaba fatal. La rubia le engañaba con su profesor de pilates. La comida le sentaba peor que la ropa. Las turbulencias le mareaban igual que a los pobres.

El jefe aparecía a las cinco de la tarde, rodeado por un ostensible aroma a destilación de carísimos alcoholes. Convocaba reuniones para las siguientes cinco o seis horas como si los demás no tuviéramos vida más allá de la oficina.

Ese era precisamente su drama. Su mujer no le soportaba, sus hijos no le hablaban, su perro no le ladraba. En casa se aburría mortalmente porque no tenía a quién humillar. Pero la oficina era otra cosa.

La tomó con el analista. Me lo he tenido que puentear porque no se entera de nada. No sabe de qué va el negocio y así está todo. En realidad el negocio iba de vender humo aleatorio y esperar que los técnicos lo convirtieran en algo tangible, perfectamente adaptado a las necesidades del cliente “para mañana a las ocho, que hacemos una demo“. O vas a la calle.

Después se ensañó con el programador. Es que no hace lo que le pido, decía a los cuatro vientos. En realidad pedía una cosa y, antes de terminar la frase, quería la contraria. Una vez llegó a solicitar un automatismo manual. Como no lo tenía encima de la mesa al día siguiente, le echó a la calle y nombró analista programador al anterior.

Al poco tiempo le tocó al de sistemas. No funciona nada. ¿El servidor? Lento. Así no hay manera. Si funcionaba bien en los setenta, ¿por qué ahora funciona mal? Venga, pon otra excusa si te atreves, y notarás el frío que hace fuera. Su último trabajo consistió en contestar una llamada del prestigioso bufete de abogados que representa los intereses de las multinacionales del software.

Después vino a por mí, que por aquel entonces era el que llevaba las redes. Otro que se mete detrás de las excusas. ¿Qué es eso de que hemos contratado un ade-ese-ele-de-mierda para cuarenta personas? Pues haz que corra más. ¿Y por qué dices eso de que me paso el día viendo vídeos?  Suficiente para ponerme el finiquito sobre la mesa. Tardé quince segundos en recoger mis cosas.

Supe que al poco tiempo le tocó al comercial. Que no llegas a tus cuotas, que no convences a los contactos que te proporciono, que no explicas el producto, que no haces tu trabajo y tengo que hacerlo yo. Por la puerta.

Finalmente, cometió el error de meterse con doña Paquita, la señora de la limpieza. Acababan de prohibir el tabaco en los centros de trabajo pero él no se daba por aludido.  El teclado de su portátil era un miércoles de ceniza en toda regla, y la pobre señora se llevó una bronca del número cinco.

A la mañana siguiente encontramos el ordenador en el centro de la pradera de mesas en la que trabajábamos los curritos. Dentro de un cubo, completamente sumergido en agua enjabonada.

Doña Paquita no apareció más por allí, pero nuestro sentido homenaje y nuestro largo aplauso todavía resuenan en el lugar.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s