El marrón a examen

whatcaca

Esta breve reseña intenta completar reflexiones anteriores, relativas al ciclo de vida del marrón empresarial.

[Alguien hizo la mejor aportación al asunto, añadiendo las categorías “brown generator” y “brown collector” a las ya expuestas “brown dispatcher” y “brown eater”. Con todo gusto añadiré la oportuna referencia si lee esto y reclama el crédito…]

Estas canas que vamos peinando tienen más ventajas que inconvenientes. Por ejemplo, la circunstancia de haber visto mucho y muy variado. Hoy quiero  referirme, en términos generales, a las interacciones que se dan entre un middle manager y sus niveles inmediatamente superior e inferior.

Pero antes, póngase el lector varios niveles más arriba, en el lugar de los miembros del consejo de administración, y caiga en la cuenta de los siguientes hechos:

  • El éxito es adictivo, y las adicciones no tienen final.
  • El consejo no entiende de circunstancias.
  • El cerebro de un alto directivo quintuplica automáticamente el gasto.
  • También divide por diez el beneficio.
  • De este modo, nunca se arriesga a darse por satisfecho.
  • Siempre quiere ganar el doble que el año anterior, pase lo que pase.
  • En el próximo ejercicio volverá a querer el doble de lo que gane en este.
  • Y así, hasta el infinito y más allá.
  • Ergo, al top level manager se le inflan las pelotas con relativa facilidad.

[Anotación al margen: Es importante no confundir al directivo de este altísimo nivel con el típico gilipollas que se manifiesta con parecidos ataques de cólera sin tener, ni por asomo, responsabilidad o poder equivalente. “Patético” es el calificativo universalmente aceptado para el que parece el dueño de la corporación sin serlo.

Aviso importante: Este biotipo deja de intimidar a partir de determinada edad…]

Esta visión tan físicamente imposible del mundo es perfectamente válida cuando miras desde un avión a miles de pies de altura. Cuanto más alto, más se ven como hormiguitas las hormigoneras de cien toneladas.

Desde arriba, parece como si los de abajo llevasen una existencia plácida, indolente, despreocupada y ajena a los verdaderos problemas de la empresa. Solo sabe uno lo que se sufre en el campo de golf cuando tiene que experimentarlo en sus propios palos.

“¡¡¡Qué bien viven los que no tienen que
pasar el día recorriendo un hoyo tras otro,
comer delicatessen en el club de campo hasta reventar,
soportar los efectos varias rondas de gintonics de diseño
y volver, otra vez, a la dura labor del birdie y el bunker
tras un largo calvario de discusión de estrategia empresarial
disfrazado de ocio y deporte…!!!”

La cita no es una invención ni una broma. Es, si me lo permiten, un insulto a la mayoría de la población.

Pero, quitando lo anterior, a estos niveles nadie trabaja con sus propias manos. Responden, en su práctica totalidad, al perfil de despachador de marrones antes mencionado. Según llegan los marrones, se reparten hacia abajo y se inicia una ingente labor de presión para conseguir una solución -o apariencia de la misma- lista para ser empujada hacia arriba.

Este fenómeno se repite tantas veces como escalones tenga la jerarquía. Hasta que, una vez en calderas, un pobre diablo no puede presionar hacia abajo y tiene que apañarse como buenamente pueda para resolver el problema. Se le conoce fácilmente por su gorra de consumidor de marrones. No tiene por qué ser una prenda física, pero puede. Conocí a uno que se ponía unas bragas rojas en la cabeza cuando pintaban bastos.

Cae un objeto maloliente desde la planta noble. Solo se sabe que pesa un montón, que tiene aristas cortantes y que puede hacer daño si no se esquiva adecuadamente. El buen “brown dispatcher” ha de darle un ligero toque en el punto adecuado, de modo que caiga al nivel inferior por el hueco de escalera pertinente o se desplace a un despacho contiguo.  Esto provoca guerras intestinas con los mandos competidores del mismo nivel. Una lástima. Bienvenidos a los viejísimo quintos juegos del hambre.

Se observa una sospechosa tendencia a la microgestión  -en todo este proceso de desplazamiento vertical y horizontal de chocolates- cuando, por alguna razón, la presión sube y el presionado siente la amenaza. El encargo maldito inicia su descenso inexorable desde una dirección general que lo desliza discretamente a una territorial que se lo empaqueta a un director de operaciones, tecnología o similar.

En el mundo latino, el mando suele ser un perfecto ignorante. No sabe muy bien de qué va lo que le cae, pero tiene la certeza de que algo hay que hacer.

[N. del A.: No se entienda este comentario como peyorativo, es meramente descriptivo]

Asfixiado por la amenaza fantasma de la red social cuyo nombre no quiero reproducir…

“Felicita a FULANITO en su nuevo cargo: EN BUSCA DE NUEVOS RETOS en INEM”

… se pone con ahínco al intento de cubrirse el culo justificando lo justificable. De repente, llueven tickets de microgestión a los subordinados. Se pretende conocer al minuto lo que hacen los de calderas con el tiempo y el presupuesto, por si acaso viene alguien con acusaciones de algún tipo.

Coincidiendo casualmente con la primera vez que asistí al despido de un espécimen de estos, se extendió un rumor completamente infundado:

Nada de esto se puede demostrar,
pero las crónicas aseguran que
cerca de novecientos técnicos
se juramentaron para escribir un párrafo diario
equivalente al tocho de Guerra y Paz,
describiendo con detalle infinitesimal…

cada café sacado de la máquina,
cada tecla tocada por sus dedos
y cada pedo que atravesase
discreta y silenciosamente
sus sillas ergonómicas.

Ni que decir tiene que
muchos dejaron la empresa
que les trataba como autómatas
en busca de mejor ambiente laboral
pero, al mismo tiempo,
toda una línea de reporte vertical,
desde un director general
hasta el jefe de grupo de menos nivel
fue invitada a recoger sus objetos personales.

Ocurrió al final de una detallada presentación,
con gráficos de barras, tartas y sierras,
que fundamentaba la necesidad de cobrar más al cliente
por lo mucho que se había trabajado
en el desarrollo y la implantación de su producto.

La versión oficial explica que
el cliente se negó a pagar más de lo convenido,
y los de arriba del todo
aligeraron la barquilla del globo
para evitar su desplome.

Pero todo el mundo sabe que, en realidad,
los de abajo rebajaron su rendimiento a la mitad
a fuerza de rellenar tickets y más tickets
en una absurda herramienta de gestión
detallando olores, sabores y demás circunstancias.
Los de arriba se colapsaron
porque es casi imposible gestionar
a cientos de buenos profesionales
desmotivados y mal dirigidos.

Moralejas varias:

Medirlo todo compulsivamente puede impedir que se haga lo que se está midiendo, y puede incomodar MUCHO a los que tienen que hacerlo.

Si no tienes otra cosa mejor que hacer, procúrate una vida.

O, mejor, evoluciona. Hay un largo camino desde el papel de despachador hasta el de conocedor, pero no es imposible recorrerlo.

Si te implicas un poco en los marrones que dejas caer, puede que empieces a recibir alguna ayuda desde abajo.

Si estás tan bien pagado que crees que el doscientos por ciento de tu tiempo ha de entregarse a la empresa en ofrenda, como si fuera el corazón de una virgen vestal, ponte en el lugar de los que, a estas horas, todavía tienen que limpiar el polvo, hacer la compra, bañar a los niños y preparar la cena porque no pueden permitirse el lujo de esclavizar mucamas internas en sus casas.

 

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