Cosas de negros

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Supongo que no tiene que ser fácil ponerse en el lugar de los negros.

Vivo en un lugar cómodo y espacioso, lleno de personas de servicio que miman hasta el último detalle.

Levanto un teléfono y alguien deposita un buen fajo de billetes en la mano adecuada. De ese modo, mis mayores también gozan de la asistencia necesaria.

Tengo el futuro muy bien asegurado. Si no es el tránsito por la puerta giratoria, pues será mi mítica plaza en propiedad al borde del mar. Ya veremos qué me apetece más.

El cómodo sillón del consejo de una multinacional, o el no menos confortable despacho del registro. De la propiedad, lo llaman. Qué fina ironía.

Todo confabulado para que mi vida siga transcurriendo con holgura y desapego, ocurra lo que ocurra en el zafio mundo de los incultos esos.

Ni siquiera me pregunto cómo serán sus pobres existencias de negra esclavitud.

Nos difaman. Dicen que, si hoy decidimos que alguno de los grandes próceres de la patria va a ganar un poco más, automáticamente van a la calle unos cientos de esos malolientes. Pero no son despidos. Son finiquitos diferidos de lo que antes era. O algo semejante, qué se yo. Esto, la que lo peta es María Dolores. Preguntadle, veréis qué bien lo explica.

Circula un rumor malintencionado de cuenta atrás. Aseguran que pronto se les terminará el dinero para sus alquileres, sus hipotecas, sus calefacciones, sus ropas, sus zapatos y sus sopas de fideos. Yo creo que exageran.

En aras de la recuperación, es sano que acepten un puesto de trabajo peor pagado. Ese que acaba de quedarse libre porque hemos decidido que alguien va a ganar un poco más. Otra vez. Es el círculo virtuoso de la competitividad.

Los adversarios mienten, y dicen algo de la desigualdad y cosas raras de esas. Que, si seguimos así, esto se repetirá hasta acabar con ‘todos menos uno’ trabajando sin sueldo. Y con todo el dinero en una sola mano. Supongo que hablan de la mía, como no puede ser de otro modo.

Fíjate si estamos en el buen camino, que dentro de poco no quedará nadie a quien despedir. Y eso que la gente no colabora. Para garantizar la estabilidad presupuestaria, hoy hemos intentado contratar ‘por cero euros’ a los mismos que echamos ayer porque ganaban un eurazo. Agárrate. Cada uno ganaba un euro, todo entero para él.

Suena un poquito raro, pero resulta que no se han presentado a trabajar. Los negros son muy vagos e indolentes.

Parece ser que están muy ocupados en no sé qué gestiones. Algo del juzgado. Se meten en gastos y no saben salir. Resulta que el banco les reclama el capital y los intereses de demora. Y después han de asistir a sus propios desahucios. Y al embargo y la subasta de sus bienes.

La plancha, la nevera, la ropa y los zapatos. Poco más les queda, por su mala cabeza. El resto se lo tragó el Güalapó, que es un río muy caudaloso que nace en medio de La Mancha y desemboca en Santa Pola. Qué casualidad.

Pero la vida es así, y el estado no puede andar por ahí haciéndose cargo de catástrofes naturales. Faltaría.

Sin embargo, todo este éxito no me parece suficiente. Soy un adicto poderoso y ya no puedo parar. Se me ha ocurrido una idea rompedora. Voy a contratarme una y otra vez, por una cantidad cada vez mayor. Al minuto me despediré y me indemnizaré jugosamente, para volver a contratarme poco después.

Esto se llamará ciclo de crecimiento económico, y se estudiará en todas las universidades americanas. Hasta daré conferencias luciendo un sombrero tejano, como mi predecesor. O mejor, con un bombín, que queda mucho más distinguido. Eso sí, en español, que lo del inglés no me entra ni a estacazos. Vaya lengua del demonio.

Los mercados se pondrán por las nubes, porque toda esta actividad frenética se traducirá en subidas imparables de los índices bursátiles. Como son automáticos, siguen actualizándose muchos días después de despedir al último currante del parqué. Otro ingrato que no quiso trabajar gratis.

Todo marcha fenomenal, hay que ver qué maravilla eso de los ordenadores. Pero esta prosperidad desatendida es un poco solitaria. He acabado sintiendo una leve curiosidad. ¿Cómo será la vida del común de los mortales?

No lo sé, a ciencia cierta. Antes de emigrar a Alemania, me dijo mi primo segundo que tampoco pasa gran cosa ahí afuera. Algunos días llueve, y los que no se han ido solamente tienen que levantar la vista y abrir la boca. El agua que cae del cielo les calma un poco la sed.

Los populistas y los demagogos exageran el infortunio colectivo, en un intento desesperado de ocupar portadas en los medios. Menos mal que soy el propietario de todos ellos. Al final, la naturaleza es sabia y se preocupa por el bienestar del populacho. Cuanto menos saben, más fácil es dirigir sus comportamientos y más felices son. Eso es así.

En fin, basta de memeces y vayamos a lo importante, que si mi cabeza sigue dando vueltas a cosas de negros llegaré tarde al fútbol.

 

 

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