Cuaderno de Pensar (6)

mayor-feliz

Era pronto y, en un momento, se hizo demasiado tarde.

Me encontré con un mundo que no me gustaba, en una relación que no me correspondía y frente a problemas [de ricos] que no requerían solución.

Tenía dinero y no tiempo para gastarlo.

Sentía cansancio en lugar de deseo.

Necesitaba cariño en lugar de indiferencia.

Veía cómo llegaban al futuro los que iban justo por delante de mi. Su única obsesión era prejubilarse para vivir sin trabajar. Una vida vacía pero segura.

Yo quería volar, recorrer el mundo, conocer, comparar, entender, amar y ser amado.

Cerré de un portazo al hueco “usted sabrá” que escuché entre las últimas palabras de aquel gran prócer de la patria. Perplejo, el buen señor no podía vislumbrar el futuro al que me refería.

Antes había dicho aquello de “No sé qué más puede usted pedir” entre otros muchos tópicos al uso. Había ofrecido el oro, el moro y el loro. Había sacado el mítico cheque en blanco de su abultada cartera.

Él mismo me había convencido, pocos días antes, de que no estaba donde quería estar y no hacía lo que quería hacer. Lo hizo -a su modo de ver- con la mejor intención, creyendo que ponía en mis manos la puñetera piedra angular de mi desarrollo profesional.

“Su desempeño es espectacular, sobre todo teniendo en cuenta su edad. Trabaja usted con tesón y ejecuta con detalle y madurez hasta alcanzar el éxito.”

Tras el halago, claro, venía el reproche.

“Pero comete un fallo recurrente: Cuando gana, no remata. Al vencido no se le puede dar la menor oportunidad. Dejar un adversario vivo es garantía de que se rehará y vendrá a apuñalarnos por la espalda.”

Y la traca final.

“Hágame un favor: Termine sin piedad, sin miramientos, la faena. Directo a la yugular. Termine y a otra cosa.”

Ese no era el legado que yo quería dejaros. Yo no os traje al mundo para el odio. Ni para construir piscinas de abundancia. Ni para llenarlas con el agua que otros necesitan para calmar la sed.

Solamente tenéis once años y os queda mucho mundo por sufrir, pero ya está bien claro que tenéis muy buen corazón.

No merecéis un mundo de asesinos, ni de aprovechados, ni de gente que se encoge de hombros ante la miseria ajena.

No es que tenga el poder absoluto que se necesita para cambiar el mundo, pero estoy bien tranquilo porque hice lo que pude. En la medida de mis escasas fuerzas, pero sin dejar de apretar cuando tuve ocasión.

Creo que no me equivoqué.

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