La culpa es de las sirenas

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Ellas cantan, y sus mágicos susurros nos cautivan.

Sus cómplices nos desvalijan y nosotros seguimos votándoles, prisioneros de los encantos de esas hermosas damas exentas de pies.

Saturan nuestros sentidos con músicas celestiales que nos transportan a un hermoso mundo imaginario.

Mientras tanto, sus taimados compinches se apoderan de todo lo que encuentran a su paso. La codicia nunca tiene fin.

Si eres sumiso, tu premio es el opio del pueblo. La recompensa inmediata. El placer del sofá.

Y si te sales del redil, la santa inquisición. El garrote vil. Las calderas de Pedro Botero.

No es culpa nuestra. Es de las sirenas.

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