Tupideces

Revolución

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Qué miedo más grande la revolución.

Se ensucia la ropa interior sólo de pensarlo. Qué habilidad para meter miedo a los pobres manipulables y manipulados. Razón no falta a la señora condesa consorte de Bormos y grande de España. Respetos tampoco escatimaré, porque admiro su mucha inteligencia. Cuestiono de manera vehemente que se ponga al servicio del mal, pero no mezclo las dos esencias para evitar accidentes de alquimia.

Inteligente es, y admiro. Maligna es, y deploro. 

En la demostración de inteligencia, mide bien al adversario de la coleta y concluye que no puede menospreciarlo al (escaso o nulo) estilo de Floriano o Pujalte. En el despliegue de malignidad, levanta la alfombra y saca los ácaros del miedo, la incertidumbre y la duda. Aquí sí hay estilo. El de William de las Puertas el Tercero y sus secuaces, que vaticinaban las penas del infierno a todo aquel que se instalase un poco de software libre en lugar de pagar un fortunón por sus carísimas ventanas.

Porque es sabido que quien prueba la libertad ya no vuelve a ponerse los grilletes.

Va calando un mensaje obvio. Ni los recién llegados comen niños crudos ni pasará gran cosa por despojar de sus privilegios a la cúpula oligarca, siempre que se pongan los activos al servicio de la gente corriente. El banquero alemán no es tonto, y sabe que se ha intentado ordeñar la vaca más allá del total de líquidos que atesora en sus entrañas. Incluso le viene bien hacer negocios con estos nuevos. Sabe que estará más cómodo con la honestidad y el fair play que con el tradicional trapicheo a la española. Fin de los trasnochados usos y costumbres del empresaurio de la quita, la quiebra y las sociedades mutantes con nombre terminado en números romanos.

Vaya haciendo las maletas, que vienen otros tiempos.

[Crédito: La imagen es de kurioso.es y me la llevé prestada con la promesa de citar al autor. Cúmplase.]

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Dos bandos

En todas las guerras hay dos bandos. Los que tiran las bombas y los que tienen la mala suerte de estar donde explotan.

Y no, no estoy equidistando. Estoy decididamente del lado de los que no se hacen de oro con la compraventa de armas. De los que no miran para otro lado cuando mueren inocentes. De los que no piensan que el mundo es así, que el hombre es un demonio y que su maldad es inevitable.

Y sí, sé que despertaré la cólera de quienes siguen la moda. Esa que convierte a los israelíes en “los malos” y a los palestinos en “los buenos”. He comprobado personalmente en varias ocasiones que ese estereotipo no se corresponde con la situación real.

Imagina, si puedes, el infierno que supone vivir en un pequeño país rodeado de varios que prometen exterminarte en el primer artículo de su declaración de independencia. Pero no te pongas en el lugar de un dirigente sino en el de una persona normal y corriente, a la que ni viene ni va la alta política.

Y ahora sí que voy a equidistar, porque en los países que formulan la amenaza hay mucha gente igualmente amenazada. Llevan así miles de años y hace mucho que se perdió la cuenta de los agravios. Queda el odio. Faltan los seres queridos. Persiste la miseria y la inseguridad. Lo demás da un poco igual.

El bando de los que viven del negocio de la guerra está compuesto por individuos de una y otra nacionalidad. Y el bando de quienes quieren la paz y la reconciliación, también.

 

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El lugar del otro

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Es un paraje distante y misterioso al que no solemos viajar. Preferimos mirar desde nuestra barrera y ver sólo las ventajas del cubículo ajeno para centrarnos, acto seguido, en los inconvenientes del propio.

Si es un funcionario, porque se pega la gran vida. Si es un dependiente, porque se comporta pasivamente, no es solícito y no exhibe la sonrisa profidén que invita a comprar. Si es un profesional independiente, porque no sabe o no contesta. Si es oficinista directamente le llamamos chupatintas y le condenamos al averno de la jerarquía laboral. Si trabaja en la construcción, porque ese muro no está derecho. Si es el seleccionador de fútbol de la roja

A la que pienso estas líneas, la subcontratada uniformada de la oficina de empleo, esa que me ha atendido con mueca desagradable, maneras que dan más pena que vergüenza y mirada de soslayo, grita desconsideradamente reclamando silencio.

Lo único que suena en el lugar es el llanto de un niño que está harto de ver cómo su padre espera una oportunidad. Esa que lleva años escondiéndose detrás de las redes clientelares de una pléyade de aprovechados.

Igual es verdad que el lugar del otro está sobrevalorado.

 

 

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Pregunto

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A veces me pregunto cómo sería un mundo sin traficantes. Ignoro si la ausencia de malignos lo convertiría en un planeta sin drogas, sin guerras, sin odio y sin competición enferma. En ocasiones tengo la sensación de que somos incapaces de disfrutar sin que otro sufra. Presiento que un teléfono de manzanita perdería el interés sin la perspectiva de los demás envidiando la preciada posesión.

Por eso decidí vivir, en la medida de lo posible, bajándome de la rueda del consumo desaforado, de la competencia absurda, del vano lucimiento.

Detectar un intento de ser manipulado en contra de los otros, y luchar contra él hasta el límite de mis fuerzas. Observar ventaja en un comportamiento nocivo para el resto, y renunciar a ella. Comprender que el siguiente paso me hará cómplice del estado de cosas, y salir por la tangente en cuanto que pueda.

Sufrir las consecuencias.

Porque eso de ser libre sale caro. Muchos, más o menos conscientes, prefieren ser esclavos de un señor magnánimo que dé seguridad, estómago lleno y techo que proteja de los rigores del clima. Y que no frecuente en exceso la pernada de la doncella, acogiéndose al dictado del derecho medieval.

Pero mucho me temo que la estirpe de señores que puebla nuestras urbanizaciones de lujo no está por la labor. A fuerza de verle de rodillas, ha entendido que esa es la posición natural del súbdito y que puede seguir apretándole las tuercas y refocilándose en su lecho de paja.

Ojalá que no pierda la esperanza. San Martín acecha.

 

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Lens Sana

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Una vez caminé por los oscuros derroteros de la soledad, y dejé de percibir la diferencia entre las noches de luna llena y las de luna nueva.

Con el paso del tiempo mis ojos se acostumbraron a la penumbra. Concluí que era así la vida y que no tenía sentido perseguir fantasmas. Disfruté de la quietud y aprendí a acallar las voces interiores que invitan a la autodestrucción.

Cuando el escepticismo se creía en posesión de la plaza, cuando personas y cosas de toda condición se mostraban uniformes ante mis ojos, apareciste envuelta en esa luz primera, la que acaricia cuando se retiran los rigores del invierno.

Y sentí que ya nunca caminaría a tientas. Y que jamás tendría que ignorar las amargas palabras del silencio forzado.

Siénteme, amor, como siento yo tu piel cuando me baña el sol de tu presencia.

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Vientos de cambio

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Cálidos vientos del sur. Trajeron los polvos de los que vinieron estos lodos.

Incertidumbres que ya no crean desazón. Porque una vez perdiste todo por miedo a quedarte en la miseria. Y, como consecuencia, viajaste hasta la extenuación por las estepas castellanas persiguiendo gamusinos, unicornios y bailarinas de claqué, entre otras especies protegidas.

Estepas imaginarias, seguramente, porque ya se sabe que Estepa, la de los polvorones, está en Andalucía y no en Castilla. Cierto que es ancha y plana, como el pecho de un varón de los de antes. Más cierto que eso no es lo que era, a fuerza de tanto metrosexualismo. Aunque, por fortuna, hay quien sigue mirando con deseo.

Bendita ella, que me lo ha dado todo. Sólo para que dejara de sentir el vacío infinito de la nada. Quieran los hados que siempre esté a mi lado, por mucho que me mueva.

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