Tupideces

Pregunto

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A veces me pregunto cómo sería un mundo sin traficantes. Ignoro si la ausencia de malignos lo convertiría en un planeta sin drogas, sin guerras, sin odio y sin competición enferma. En ocasiones tengo la sensación de que somos incapaces de disfrutar sin que otro sufra. Presiento que un teléfono de manzanita perdería el interés sin la perspectiva de los demás envidiando la preciada posesión.

Por eso decidí vivir, en la medida de lo posible, bajándome de la rueda del consumo desaforado, de la competencia absurda, del vano lucimiento.

Detectar un intento de ser manipulado en contra de los otros, y luchar contra él hasta el límite de mis fuerzas. Observar ventaja en un comportamiento nocivo para el resto, y renunciar a ella. Comprender que el siguiente paso me hará cómplice del estado de cosas, y salir por la tangente en cuanto que pueda.

Sufrir las consecuencias.

Porque eso de ser libre sale caro. Muchos, más o menos conscientes, prefieren ser esclavos de un señor magnánimo que dé seguridad, estómago lleno y techo que proteja de los rigores del clima. Y que no frecuente en exceso la pernada de la doncella, acogiéndose al dictado del derecho medieval.

Pero mucho me temo que la estirpe de señores que puebla nuestras urbanizaciones de lujo no está por la labor. A fuerza de verle de rodillas, ha entendido que esa es la posición natural del súbdito y que puede seguir apretándole las tuercas y refocilándose en su lecho de paja.

Ojalá que no pierda la esperanza. San Martín acecha.

 

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Lens Sana

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Una vez caminé por los oscuros derroteros de la soledad, y dejé de percibir la diferencia entre las noches de luna llena y las de luna nueva.

Con el paso del tiempo mis ojos se acostumbraron a la penumbra. Concluí que era así la vida y que no tenía sentido perseguir fantasmas. Disfruté de la quietud y aprendí a acallar las voces interiores que invitan a la autodestrucción.

Cuando el escepticismo se creía en posesión de la plaza, cuando personas y cosas de toda condición se mostraban uniformes ante mis ojos, apareciste envuelta en esa luz primera, la que acaricia cuando se retiran los rigores del invierno.

Y sentí que ya nunca caminaría a tientas. Y que jamás tendría que ignorar las amargas palabras del silencio forzado.

Siénteme, amor, como siento yo tu piel cuando me baña el sol de tu presencia.

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Vientos de cambio

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Cálidos vientos del sur. Trajeron los polvos de los que vinieron estos lodos.

Incertidumbres que ya no crean desazón. Porque una vez perdiste todo por miedo a quedarte en la miseria. Y, como consecuencia, viajaste hasta la extenuación por las estepas castellanas persiguiendo gamusinos, unicornios y bailarinas de claqué, entre otras especies protegidas.

Estepas imaginarias, seguramente, porque ya se sabe que Estepa, la de los polvorones, está en Andalucía y no en Castilla. Cierto que es ancha y plana, como el pecho de un varón de los de antes. Más cierto que eso no es lo que era, a fuerza de tanto metrosexualismo. Aunque, por fortuna, hay quien sigue mirando con deseo.

Bendita ella, que me lo ha dado todo. Sólo para que dejara de sentir el vacío infinito de la nada. Quieran los hados que siempre esté a mi lado, por mucho que me mueva.

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Africa: Business as usual

Es tan habitual como comprensible que los occidentales se junten al final del día en lugares que recuerdan vagamente su entorno de origen.

A falta de alternativas, el único espacio de ocio y restauración asimilable a un mall americano se había convertido en visita obligada para foráneos. Y yo, sin atreverme a frecuentar otro lugar nocturno, me uní a la comitiva y acabé sentado a la mesa con gente del primer mundo. Sobre todo europeos y norteamericanos.

Uno de ellos, el más petulante, preguntó sin ambages por mi ocupación y por mi visión de la vida. Hablé de lo primero en los términos que ya imaginan -comprar y vender, en esencia- y, en cuanto a lo segundo fui breve. De la igualdad de oportunidades, de la fraternidad entre los seres humanos y del destierro de la violencia y la maldad fue mi disertación.

Un lacónico “that’s bad for business” fue lo último que dijo en toda la cena. Cuando se retiró me lo explicaron. Su ocupación oficial en las redes de telefonía móvil sólo era una tapadera para su actividad principal de traficante de armas.

Y así está el mundo.

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Vestigios del viejo mundo

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Es el menú del lugar en el que comí ayer. Y no comí mal.

Wullingkama, Brufut, Gambia. No es el peor lugar de África ni mucho menos. En general, la gente vive con poco pero no pasa hambre. En poco tiempo madurarán los mangos y eso significará “comida para todos”.

La moneda nacional, el Dalasi, viene a cambiarse por el euro a razón de 50 más o menos. O sea, que donde lees D50 puedes traducir por 1€.

Alimentar este planeta no es cuestión de dinero sino de voluntad. Penosamente, algunos prefieren gastar fabulosas cantidades de dinero en fútbol. Mantener adormecida la voluntad de las masas para robar lo que les pertenece por derecho natural.

Son modos y maneras que tienen que desaparecer. Vestigios de tiempos peores. Formas absolutamente asquerosas de despreocuparse por lo que pase a los demás.

Un día no lejano, la empatía y la fraternidad se impondrán. Ya no será posible seguir engañando a la gente con fútbol y otras fruslerías.

Si te gusta el deporte, practícalo. No seas cómplice de los que sólo quieren mantener a la gente bajo control para seguir llevándoselo calentito.

Todo ese dinero, bien empleado, acabará con el hambre de una sola patada. Chuta.

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