Tupideces

Cuentos orientales

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El sultán de Tatetú, verdadero reino de las mil y una noches, paseaba atribulado por los jardines de palacio.

Sabía que la cosa iba en serio. Nadie escribe en los muros de la alcazaba la frase “quítate tú que me ponga yo” sin estar realmente dispuesto a tomar el poder al asalto. Toda la nación sabe que eres reo de muerte si te descubren -con las manos en la brocha- pintando en la pared esa blasfemia.

¿Cómo fue que llegamos a esto? O, preguntado de otro modo ¿Por qué no silenciamos las voces que denunciaban los caros caprichos de los grandes del lugar? Ya no es posible seguir engañando a la plebe. Están decididos a apoderarse de lo que ha pertenecido a mis mayores desde tiempos inmemoriales.

Sin embargo, creo que tengo la solución. Voy a hacer como que soy implacable con los corruptos. De ese modo, se calmarán y valorarán mejor las migajas que les arrojo para que no se me mueran de inanición.

-A ver, que se presente Hussein Al-Martínez.

-A mandar, don Sultán.

-Necesito una cabeza de… si, eso, de turco. Alguien con nombre pero sin conocimiento ni malicia. Que caiga todo el peso de la ley sobre sus hombros. De esa manera dejarán de fijarse en Al-Fabra, en Al-Matas y en Al-Blesa, mis sobrinos queridos que sólo tomaron lo que por derecho es suyo. Quizás se extralimitaron algo, pero no entiendo a qué viene ahora tanto rigor.

-Excelencia, creo que tengo a mano una tonadillera ideal para esta jugada.

- Hágase, pues.

De este modo se sometió a escarnio público y decapitación a una que por allí pasaba con unas bolsas de basura cuyo contenido no viene al caso. O tal vez si.

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El asalto al paraíso

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Sabía que sería relativamente fácil. Los guardianes -hambrientos, hastiados y mal pagados- franquearían el paso a Prometeo sin dudarlo un momento. También sabía que lo complicado no es el asalto sino el tiempo que sigue, el de cumplir las promesas. Ofrecer el paraíso en vida tiene ese fallo, que no es inmediato colmar las expectativas.

Menos mal que era, a pesar de su aspecto, un hombre inteligente y cultivado. En lugar de adentrase a pecho descubierto en las cloacas del poder como hizo el de la pana, su antecesor conceptual, él recogió su abundante cabellera y se hizo acompañar de una guardia pretoriana tan eficaz como improvisada.

No le tembló el pulso cuando llegó el momento. Fue amenazado con la tortura de la gota, la exterminación de familiares, amigos y vecinos, las penas del infierno y la condenación eterna. Nada le amedrentó. Llevaba preparados tormentos equivalentes para sus interlocutores, y fuerza bruta en medida semejante.

Neutralizados los ajenos pudo centrase en los propios. Su propia resistencia a la tentación era grande, pero el tintineo de las monedas sonaba como música celestial en los oídos de sus relativos. Tanto dinero pasaba ante ellos que les hacían los ojos chiribitas.

Por fortuna, pudo hacer ver que aquel dinero fácil era una forma más de esclavitud. Prosiguió la conquista de lo que nos había sido despojado años antes, y el país entero salió por fin de su habitual estado de postración de muchos millones para opulencia de unos cientos.

O eso espero.

[Mientras tanto... "El asalto al paraíso", Tatiana Lobo, 2001, Editorial Norma]

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Villa Miseria

Villa Miseria es un pueblo que ni fu ni fa, ni chicha ni limoná. Uno como tantos otros que pueblan la meseta, ancha, plana y peluda como el pecho de un varón de los de antes.

A esta villa, que no corte, se ha llegado siempre por un camino de cabras que se construyó en tiempos de Alfonso XII. Dónde vas, triste de ti. Aquí, desde luego, no vino jamás. Esto queda a trasmano de todas partes. Cuentan que la carretera serpentea por el mismo trazado que los romanos esculpieron mucho antes de Cristo nuestro señor Jesús, amén.

Cuando llegó la modernidad, allá por el tercer plan de desarrollo, se enderezó el camino para hacer que quedase como una autovía. Tan diferente era el diseño que todavía se podía seguir la carretera vieja en casi todo el trayecto. Tal proceder resultaba menos recto pero más seguro cuando se recorría a lomos de animal de tiro. Sobre todos los domingos, en los que se atascaba de petulantes todoterrenos la novísima, desdobladísima y denunciadísima pista de varios carriles. Estos ecologistas, siempre dando la nota.

Mas henos aquí, no contentos con la duplicidad y ebrios de crédito judeoalemán. Hicimos ver que lo posmoderno consistía en construir una autopista de peaje al lado del estrecho camino y de la cada vez menos cuidada autovía. Creamos áreas de servicio con mármoles lujosos y puertas giratorias. Alegorías del éxito y de la incultura del pelotazo.

Pronto vino el momento de pagar y nos pilló con la cartera vacía. Ya nadie venía a Villa Miseria ni siquiera los domingos, a pesar de las constantes bajadas de precio en la restauración. Sobraban las casetas de peaje. Sobraba la senda de gratis. Sobraba el camino de cabras. Únicamente se rompía la monotonía con la visita periódica del banquero y sus hombres de negro, resueltos a abortar cualquier atisbo de prosperidad que pudiera darse entre las filas del populacho. ¡A penar, por manirrotos! -gritaba un auditor enardecido.

A fuerza de sufrir y de padecer, vieron los parias de la Tierra una ocasión de sacudirse el yugo y votaron en masa al que decía lo que querían oír. Fueron amenazados con las penas del infierno, la pobreza interminable y la deuda creciente, pero dio igual. Llevaban demasiado tiempo sufriendo en la vida presente los rigores de la futura. Al menos se estaba calentito en las calderas de Pedro Botero. Y sin pagar a las eléctricas por tamaña tortura.

El final de esta historia está por escribir. A un sólo número hemos apostado: que llegue a los centros del poder, le enseñen las cloacas del lugar y no decida unirse a la fiesta como hizo aquel antecesor suyo. El que cambió la pana por seda y los ideales por pingües beneficios.

Sólo espero que no le hagan un aeropuerto sin aviones a este anodino lugar. Y no me entiendan mal, muy lejos de mi intención oponerme al progreso. Es por no dejar demasiada deuda a los nietos. Tienen los pobres unas caritas de parados de larga duración que no sé yo. Ojalá que se les quite algún día esa expresión de intrínseca necesidad.

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Maravilla

Nessun dorma! Nessun dorma!

Tu pure, o Principessa
nella tua fredda stanza
guardi le stelle
che tremano d’amore e di speranza

Ma il mio mistero chiuso in me
il nome mio nessun sapra
No, No! Sulla tua bocca lo dir quando la luce splende
Ed il mio bacio sciogliera il silenzio
che ti fa mia

Il nome suo nessun sapra
E noi dovrem, ahim, morir, morir
Dilegua o notte, tramontate stelle
Tramontate stelle

All’alba vincero! Vincero! Vincero!

Turandot, Puccini, Javier Camarena. Lástima de grabación…

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Fauna Oligárquica

Esta es la historia de unos alardes de buenismo meclados con otros destellos de picaresca. Repartidos, como la lotería.

Cuando inventaron lo de la transición, los oligarcas del régimen planificaron o improvisaron -tanto monta, monta tanto- el desguace y desfalco de lo que se había construido, peor o mejor, con el sudor de la frente de nuestros padres.

Los burgueses del norte identificaron inmediatamente la oportunidad de negocio. O me das tajada o me echo al monte. Y los recién estrenados gobernantes de la democracia, bastante cargados de miedos y aventuras de la guerra sucia, convinieron en ceder parte del botín.

Por razones que desconocemos, quedó mal atado el porcentaje. Es probable que el caso de Alzheimer más sobresaliente de nuestra historia reciente se haya llevado a la tumba los detalles de este asunto.

El caso es que Leopoldo Calvo Sotelo, el presidente más inteligente y pedante de la democracia -según asegura él mismo, Dioni me libre de usar calificativos como esos sin anestesia local- se sentó a negociar con los más destacados prohombres del nacionalismo. Cuentan que solicitó una lista de exigencias a Jordi Pujol y que este contestó que la lista sería interminable. Siempre pedirían más.

Y aquí estamos, materializando las amenazas de nuestros respectivos oligarcas, casi sin darnos cuenta de la manipulación. Algunos a favor, otros en contra. Como si una eléctrica catalana fuera a vender la electricidad más limpia, más barata y con un porcentaje elevado de reinversión de los beneficios en la propia Cataluña.

Señoras y señores míos, un oligarca es un oligarca envuelto en la bandera que ustedes quieran. El beneficio es su mantra, el paraíso fiscal es el destino de su dinero, y el corte del suministro es la sentencia si no pagas. Por muy buen catalán que seas.

Piense otra cosa y hará un bonito ejercicio de buenismo que no impedirá al tiburón de los negocios el desarrollo de su pasión hispánica favorita: la picaresca.

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Populismo y demagogia

La desfachatez de la señora de los rubios cabellos. El cinismo de ella y de quienes forman su séquito. La cara tan dura como el hormigón pretensado. El engorde de las cuentas públicas a mayor gloria del constructor de turno. La puerta giratoria, que el futuro es muy oscuro. El beneficio antes de impuestos, idéntico al de después cuando la empresa es grande. La PYME que languidece por culpa del marcaje en zona que realiza el ávido recaudador. El inspector municipal con sus estupideces normativas. La coleta. El miedo. La guillotina. El referéndum excluyente. La encuesta ingeniosa. El imputado. La encarcelada. El corrupto consorte. La infanta ignorante. El pan y los circenses. La liga de campeones. El fondo monetario internacional. La confianza de los mercados. El desfalco de las cajas. La complicidad de los políticos. El reparto de tarjetas. La gente en llamas. El recibo de la luz. La calefacción apagada. El mundo, el demonio, la carne. La energía renovable. El que no corre vuela.

Agítese la coctelera. Exquisito bebedizo espirituoso anteriormente denominado ESPAÑA. Que ustedes se embriaguen bien.

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De ser y de tener

Porque creyó el ladrón que todos son de su condición, robó a manos llenas a la voz de políticamente-correcto-el-último. Se hicieron carreras de a-ver-quién-la-tiene-más-cara, y ganó Soria. No, el ministro del petróleo crudo no. Soria la hermosa ciudad que queda al final del camino.

Mas lo mismo da que lo mismo tiene. Los dineros salieron de los bolsillos de la clase esquilmada, antes llamada media, que ahora no llega ni a calcetín pinky, eso que se compra uno para llevarlo con los náuticos en verano y que luego no hay quien se lo ponga porque se hace un rollo en los pies y se pega a las plantas.

Pobre, que te quiero pobre. Dijo la repulsiva esa de las gafotas, la que no encuentra oportuna la preñez para sus sacrosantos intereses empresariales. Mira que intuía yo que sacaban un escándalo inmobiliario a esa cuasimoda y ¡cáspita! la mansión. En mitad del medio de un paraje protegido. Que no falten reaños a su señoría, para que a todos estos listos se les quiten para siempre las ganas de recalificar.

Hoy hice cuentas, así por lo grueso, y se me quedó la economía sumergida a mil metros de profundidad sin necesidad de defraudar un solo céntimo. Suerte que la teutona de mi alma y de mi corazón hace maravillas con el escaso pecunio. Si de mí dependiera, estábamos en la indigencia desde hace meses. Bendito sea el día en que, por fin, nuestras mejillas se aproximaron para no separarse jamal de lo jamale.

Hablando de coincidencias cósmicas, volvimos a flipar el pasado fin de semana. Resulta que hace casi treinta años compramos, cada uno por nuestro lado, el mismo modelo exacto de loro con doble pletina. El mío vino de Ceuta, ha pasado en un altillo los últimos años y el domingo lo encontré cuando buscaba otra cosa. Todavía funciona. Se construyó antes de la obsolescencia programada.

A mi alemana favorita de Cádiz casi le da un telele al verlo encima de la mesa. Dígame usted ahora que no estábamos maravillosamente predestinados al encuentro.

Somos dos, tenemos seis y lo pasamos de fábula.

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