Con quienes amamos, si no decimos lo bueno, se pierde. Si no decimos lo malo, se acumula. Conversemos — Eva Navarro
Será un asunto controvertido, estoy seguro. Solamente ruego al distinguido lector que PIENSE ANTES DE DESPOTRICAR. Con la que está cayendo, seguro que resulta poco popular una petición de sueldos vitalicios para los políticos.
Pues bien, ahí queda.
Creo firmemente que la solución a nuestros problemas pasa por la asignación vitalicia de ingresos a los políticos. Sueldos dignos y definitivos. Hasta el final de sus días.
¿Por qué? Muy sencillo. Nuestro mal consiste en que ningún político echa huevos a los problemas principales. Y tengo la sensación de que no lo hace porque considera que su destino será la gran empresa, una vez que acabe su etapa en la política. [Una clave para aquellos que discrepen: Sr. Zaplana. Y hay más. En todos los signos políticos...]
¿Cuáles son nuestros problemas? Hoy por hoy, parece claro que el país de los pícaros y los individualistas no va a experimentar un cambio absoluto de mentalidad. La gran empresa abusará. Los funcionarios verán la vida pasar. Los políticos seguirán mirando para otro lado mientras que los poderosos distraen el beneficio mediante sociedades instrumentales radicadas en paraísos fiscales. Los sindicatos, a verlas venir.
La clase media seguirá pagando los platos rotos en la fiesta de los promotores de aeropuertos en el desierto, estatuas megalómanas en sus rotondas, ferrocarriles metropolitanos impagables, subvenciones a la contemplación del caracol autóctono, museos oceanográficos monumentales o cajas de ahorro que confunden los cantos de sirena con las inversiones serias y fiables.
Todo esto ocurrirá hasta que una nueva clase política, con sus huevos, tenga la certeza de que su vida futura no depende de grandes empresas en las que recalar a modo de cementerio de elefantes. Tomar decisiones valientes es casi imposible si se está mediatizado por la sensación de morder la mano que te alimentará un día.
Sea, pues, un buen montón de políticos valientes que se nieguen a hacer el juego a las multinacionales. Que gobiernen para el interés de los ciudadanos sin pensar en lo que harán las grandes corporaciones cuando el futuro se presente en sus puertas.
Que para eso os pagamos, coño.
De las cenas pesadas. Y de las pesadillas que perturban la noche sucesiva.
Del vampiro, mal autodenominado artista, que se cree con derecho a que la sociedad financie su modo de vida. Del que se siente en posición de llamar cultura a lo que produce. Sin caer en la cuenta de que es, como mucho, ocio o entretenimiento. Salvo honrosas excepciones.
Me he encontrado con él a las puertas de la Cartuja sevillana. Que, a pesar de haber sido concebida como industria, muestra mucho más arte en sus fachadas. Más que todo el que el infausto chupasangre fue capaz de producir en los años de su vida pretérita.
Reclama para sí la protección, con cargo a los presupuestos generales del Estado, de todas las fases del ciclo de vida de su obra. Yo no niego sus méritos ni cuestiono sus razones. Eso sí, apelo al principio de igualdad ante la Ley para pedir el mismo trato.
No ya para mi propia circunstancia, acostumbrada a buscar las habichuelas sin el concurso del poder. Pero sí para el pastor y sus ovejas, indefensos ante el lobo hambriento. Y para cada pobre viejecita que sufre los abusos del ratero del tirón. Y para tantos y tantos ciudadanos, tan merecedores de atención -en el sacrosanto nombre de la protección de su propiedad- como el taimado cazador de subvenciones.
Sea, pues, amenaza legal para quien copie. También un alto cerco alrededor de cada rebaño, preferiblemente vigilado día y noche, en previsión de presuntas alimañas. Sea un agente de la policía velando por los sueños de cada amable anciana indefensa, solícito al quite de posibles tironeros. Y así una protección por cada interesado.
No quiere el vividor escuchar ni una sola sílaba más de mi argumentario. Se cierra en banda. Por suerte o por desgracia, un minuto después es amablemente invitado al coqueto interior del furgón policial. No por artista sino por desfalcador de contantes -y sonantes, valga la ironía- tan propios como ajenos.
Y el sueño acaba.
Moraleja: Madura, castellano. Que sea el padre Estado para lo que ha de ser, y no para el engorde del bolsillo privado.
Ya casi nadie se acuerda. Los medios de comunicación, ávidos de novedad, pasaron página hace meses para evitar el mal trago a nuestros cerebros de pez. Total, en la variación está el gusto. Pasemos a la siguiente catástrofe y asunto arreglado.
Lo malo es que hay seres humanos en ese paraíso infernal.
Esta vez, aguanta por un año más tu smartphone -sólo tiene un año, todavía funciona perfectamente- y dedica la cantidad equivalente a los que tienen menos suerte que tú. No es mérito tuyo haber nacido en el paraíso correcto, ni fue culpa de ellos venir al mundo en el edén equivocado.
Dirás que hay mucha crisis, que está todo muy malo, y tal y tal y tal. Pero aquí todavía tenemos para comer, para llenar los bares e incluso para entregarnos a la orgía del consumismo navideño.
El 12 de Enero se cumplirán dos años del terremoto. Pásate por somoshaiti.es y echa una mano.
Este apunte no tiene nada que ver con partidos ni con cambios de Gobierno. Lo escribo ahora pero habría tenido el mismo sentido en el pasado, con otro signo político detentando el poder en España.
La idea ronda mi cabeza desde hace tiempo, pero una dama que he conocido recientemente ha encendido la chispa por casualidad. Su frase: “La madurez sólo aparece cuando dejamos de hacer responsables a los demás”.
Un dictador nos montó un estado paternalista. Con sus cosas buenas y sus cosas malas.
Lamentablemente, lo hizo justo encima de un crisol de formas de vida. En los mismos metros cuadrados, un enjambre de pícaros buscando el beneficio fácil y un montón de gente sencilla con el deseo y la capacidad para trabajar duro, pero sin medios ni ideas para hacerlo. Entre otras especies.
Reiventarse o morir. Ese es el reto colectivo ahora. Quien se agarre con fuerza al clavo ardiendo de la subvención prolongará su propia agonía. No por mucho tiempo. Por contra, quien sea dueño de su propio destino saldrá reforzado. Ese es el sentido verdadero de la palabra crisis.
Trabajar duro, si, pero recibiendo el fruto del esfuerzo sin que lo mordisqueen antes unos cuantos vagos privilegiados.
Maduremos. La culpa (o la gloria, en su caso) ya NO es del Gobierno. Feliz año nuestro.
[Me he permitido empezar 2012 con un guiño a lo más importante de mi vida. Espero que mis distinguidos visitantes disculpen el off-topic...]
Volver. Es la palabra que mejor define mi año 2011 [Ese que se pasa, otra vez, con todos los propósitos incumplidos. Pero esa es otra historia, y está tan vista y tan escrita que no vale la pena abundar en ella...]
Andalucía. Por dos veces. Y de jolgorio, cayendo gozosamente en los tópicos. Se va perfilando la siguiente visita.
Las administraciones públicas. Esto tiene menos juerga, pero da de comer. Por el momento. Vienen curvas y no sabemos si en alguna nos compraremos la parcela. Efectos de la fuerza centrífuga.
El barrio de siempre. La familia cerca, aunque soplaron mejores vientos en ese plano. Y que sigan así.
Los viejos amigos. Tampoco abundo demasiado, solamente tienen que bucear en las entradas del verano para encontrarse con mis queridos compañeros de las aventuras de la juventud. Ha valido la pena.
Los nuevos proyectos. Esta vez, sin que sirva de precedente, con calma y mirándolos bien antes de tomar decisiones.
Estabilidad. Apetece viajar y correr aventuras como en los viejos tiempos, pero no está el horno para riesgos.
Inocencia. Las princesas crecen. Se hacen personitas y sus risas y saltos rompen, de vez en cuando, el suave devenir de los acontecimientos.
Optimismo. Para llevar la contraria. Vendrán mejores tiempos. Pronto. Además, estar (1) arruinado, (2) jorobado y (3) amargado es peor que encontrarse con las dos primeras y aderezarlas con alegría. Consuela poco tomarse la crisis en vaso medio lleno, pero hacer lo contrario tampoco trae alivio.
FELIZ 2012. EN SERIO.
[En la imagen, Mairena del Alcor, Sevilla. En el castillo casamos a mi Anita hace unas semanas. Para que vean los pesimistas...]
Solamente unas líneas para recordar a todos los que están de capa caída. Ya sea porque tienen verdadera necesidad o porque ven que se les acaba la subvención. Si no hay costumbre de trabajar, ponerse a hacerlo a estas edades suena titánico, inalcanzable. Mi abuela española, la de Córdoba, decía que “a quien no está acostumbrada a bragas, las costuras hacen llagas”.
Y añado, por la cuenta que nos trae, mis deseos de acierto para los que hoy ostentan el poder a cuenta de las equivocaciones y los excesos de los otros. Que siga impasible el gallego y ceda lo justo, no más, a las presiones. Que encuentre la manera de poner un país a producir. Que acierte en la lucha contra el fraude y la picaresca.
Que sea feliz la próxima navidad porque hayamos levantado el vuelo sin convertirnos en una monarquía bananera.
Felices fiestas
Al menos los emperadores romanos repartían pan. Los poderosos de ahora lo quieren todo. Pero TO-DO. Importa poco dejar a la gente en la calle. No hay problema -¿No lo hay?- si los que consumen sus productos se quedan sin dinero. Total, pueden ir descalzos y con smartphone.
Es preceptivo contratar unos buenos expertos en marketing y publicidad. Que sigan implantando el deseo en los cerebros de los descerebrados, para que compren lo que no necesitan. Hasta la última gota de sus capacidades de endeudamiento. Y después, a precontenciosos, a morosos y al hoyo. Sus herederos se harán cargo de las deudas como especifica claramente la legislación vigente. Para eso está.
Den gracias los alienados porque reciben entretenimiento. Una dosis diaria de telecinco y un Madrid-Barcelona cada cierto tiempo. Magnánimo el poderoso, anestesiará durante un rato a sus borregos. Permitirá que sus nucas dejen de sentir, por momentos, esa desagradable sensación. El aliento helado de sus acreedores.
Panem et circenses. Pero poquito panem, a poder ser. Maximizando el beneficio, no sea que venga el señor Fitch a tocarnos las calificaciones.
La vida es corta
rompe las reglas
perdona rápido
ama de verdad
ríe sin control
no guardes rencor
y patea el culo de cada corrupto que se cruce en tu camino.
Llegados al punto en el que la diferencia entre el éxito y el fracaso es solamente una pizca de suerte, nos preparamos para caer en los brazos de doña Fatalidad.
Unos creían en ellos. Otros dieron su voto a los que no iban a permitirles campar a sus anchas. Dio igual. Tanto progresismo y tanta ideología para caer después en la misma claudicación. Al final, los mercados, esos oscuros amos de las profundidades, consiguieron lo que querían manejando los hilos de los títeres de turno. Nunca sabremos -no hay pruebas ni las habrá- hasta dónde metieron la mano en la caja. Ni siquiera cuando se disipen las cortinas de humo con las que intentaron enfrentarnos. Ni los muertos pudieron descansar en paz.
Refundar. Tantas y tantas cosas. La primera, nuestros propios esquemas mentales. Recuperar la cultura del esfuerzo, y la del respeto y la de la autoridad del que sabe. Edificar la honradez tras demoler el gran hipermercado de la picaresca en el que vivimos.
Desterrar. Tantos y tantos hábitos malignos. El primero, el de echar la culpa al otro. Y después, la envidia, la maledicencia, la tendencia irrefrenable a tomar atajos cómodos, a escaquearse o a vivir de la subvención. Finalmente, las dependencias. La del petróleo y la del mercadeo son las dos que me vienen a la mente, aunque haya más.
Nos espera la del pulpo y nos falta el hábito de ganarnos el jornal. Así, en general, digo. En particular no estoy preocupado. Tengo mucha costumbre de trabajar duro y suelo obtener buenos resultados. No escuché los cantos de las sirenas de ladrillo ni tengo contrato de permanencia con proveedor alguno. Nada pido. Nada debo. Solamente una vez cometí la estupidez de consumir a crédito, me salió bien por aquello de la inflación y acaba de vencer el último plazo. Nunca mais.
Y si todos ustedes hubieran hecho lo mismo, los poderosos no serían tan poderosos y los gobiernos tendrían algo más de margen de maniobra.
En todo eso, por suerte, llevo años de ventaja.
[En la imagen, Emma. Mi viejo amigo el camionero de los Montes Urales ha vuelto a mi bandeja de entrada con deliciosas propuestas de relación intercontinental. Pero una cosa es creer en la suerte y otra muy distinta es ser bobo...]









