Tórrido

belalcázar

Sonó el timbre del zaguán.

Refunfuñando en tono grave, como si hubiera presenciado la comisión de un sacrilegio, mi tía se atusó vestimenta y peinado a la vez que se incorporaba, abandonando la mecedora a la suerte de su rítmica cadencia. El chirriar de las patas contra el suelo retumbaba ensordecedor en el vacío de la enorme cocina.

En verdad, en verdad os digo que la ley no escrita del tórrido verano cordobés es taxativa al respecto. Es más mortal el pecado de interrumpir la siesta que el de yacer en desnudez con persona ajena. Hasta el cura del pueblo, mayor ateo y mujeriego que los siglos vieron, confirmaría ese extremo sin dudar un momento.

Detrás de mi enfadadísima pariente entró en la estancia un circunspecto número. Cuidados bigotes, brillante tricornio, verde vestimenta, correaje al uso, escopetón al hombro, dos largos cañones como día sin pan. Asfixia produjo a los presentes la sola visión del sudoroso soldado.

“Telegrama de Madrid. Coño me importa a mí telegrama de Madrid” -mascullaba entre dientes mi tía, dispuesta a interrumpir el sopor de la casa entera una vez arruinado el suyo.

“Sólo en las manos de don Justo” -repetía el benemérito poniendo el documento fuera del alcance de las manos de ella, que intentaba hacerse con el papel.

Don Justo era mi padre, y el texto que mostraba el exterior del papelillo, “Ministerio de la Gobernación”, ya era noticia en sí mismo aunque ninguno fuera capaz de entender su significado. Con toda seguridad, volveríamos esa misma tarde a Madrid y, sin detenernos en casa, recorreríamos la carretera de El Pardo hasta el palacio, atendiendo al llamado de la superioridad.

Mas no fue de ese modo.

Los rigores del verano y la incipiente ingeniería nacional convertirían en suplicio insoportable el Paso de Despeñaperros y el periplo por las interminables llanuras de La Mancha. Por una vez, sin sentar precedente, mi madre cedió y el Mil Quinientos oficial partió hacia la capital con un sólo pasajero.

El señor bajito que moraba en Palacio -ese era su nombre en clave entre los oyentes clandestinos del noticiero de la BBC en español- no sabía muy bien en qué consistía aquello. Un sesudo asesor del Ministerio acababa de volver de los Estados Unidos. Aseguraba que el mágico aparato haría en una semana el trabajo que llevaba un mes a miles de contables. Tres días después, volvía Padre al pueblo con el encargo de pasar un par de meses en las Américas, traerse el aparato y ponerlo en marcha en solar patrio.

Se cerraba el círculo de la mecanización de España. Y se escribía ante mis ojos el primer capítulo de nuestra corta historia de la tecnología.

La gasolina de Topo Gigio

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Se va despejando, al cabo de los años, la incógnita cuyo valor era conocido únicamente por los elegidos. La puñeterísima X de nuestra ecuación vital. Que es, como cabía esperar, el precio de la energía.

Un puñado de indeseables nos mantiene férreamente anclados al subdesarrollo por su capricho únicamente. Resulta que la clave no es la moderación salarial, y nos enteramos después de ir a la cola de Europa en sueldos y condiciones laborales durante muchos lustros. Tampoco está el meollo en el beneficio empresarial, una vez que descontamos a los listos del pelotazo.

No somos competitivos porque pagamos la gasolina, la electricidad y la bombona de gas a un precio mucho peor que el de nuestros competidores. Así de sencillo. Despejando oligarcas y funcionarios se soluciona el problema. Los unos porque ponen el precio que les parece. Los otros porque cargan más impuestos que nadie.

Hoy sueño con llenar los depósitos de todos los coches de España con gasolina mágica, esa que no se gasta y permite recorrer un número indeterminado de kilómetros. Todos los que aguante la junta de la culata. Para ruina del orondo directivo y del eterno improductivo. Para beneficio de los que aportan algo a la sociedad.

Dueños de nuestro destino

dueños

Un título tan evocador que consiguió que bajara mis escudos. Lástima, no es lo que yo esperaba.

Creí que encontraría la historia de los que no se dejaron esclavizar. La de los que no perdieron el sentido de la dignidad cuando se evaporó su futuro sobre la mesa plegable de los trileros de las finanzas. Y también la de los que no se aprovecharon de la coyuntura, renunciando voluntariamente a sacar tajada de miseria ajena.

Todos esos, que hoy nos parecen perdedores, son los que estarán cuando desaparezcan los vapores de la borrachera del licor de la especulación.

El resto se disipará como la niebla de las frías mañanas del invierno cordobés. Ni siquiera quedará el recuerdo vago de sus fechorías.

 

Niñato/a

Sé que me arriesgo mucho al referirme a ti con ese apelativo. Es inexacto, y por ello puede que otros u otras, más duchos en el arte de juntar palabras, encuentren mejor sustantivo para nombrarte.

A ver, que se entienda. Eres inexperto o inexperta, que en esto de tocar de oído no hay diferencias en función del género o el número. Omito en lo sucesivo los femeninos para dar gusto a la santa madre real academia.

Eres arrojado o arrojadizo. O ambas cosas. Te ha dicho don Emilio -o don Cesáreo, o ponga aquí el nombre de pila del oligarca de turno- que tienes que reducir costes. Y tú, lanzado a ello.

Como el hierro no se toca, que lo vende el cuñao de la mismísima superioridá, hay que adelgazar la masa salarial. Brillante idea. Si ponemos un operador junior en lugar de un administrador senior de bases de datos nos ahorramos una pasta gansa. Y total, en el turno de noche ¿quién se va a enterar?

Por si acaso el lector -o el oligarca o ambos- no está en el ajo como para darse cuenta de la jugada, se lo explico en términos médicos. Que de eso sí entienden todos los españoles. De eso y de seleccionador de fútbol. Faltaría.

Véase el niñato en sueños como gerente de un gran hospital. A la saca un dineral cambiando el cirujano del turno de noche por un celador. Eso sí, el ahorro termina cuando entra el primer enfermo grave por la puerta de urgencias. Conviene tener un billete comprado y un taxi en la puerta con el motor en marcha. Rumbo al aeropuerto, salidas internacionales. Como las balas.

Los niñatos parecen vivir del riesgo y del corto plazo. El mañana no existe, y la tarde de hoy casi que tampoco. Si pasan unos meses sin que aparezca a las tantas de la noche un paciente necesitado de bisturí, esos euros que nos hemos ahorrado.

En resumidas cuentas: Que si no hacemos los profesionales por mantener la dignidad, no va a venir un niñato a defendérnosla.

He dicho. Despierta, Scrooge.

Urbanidad

Así me llamo desde principios de siglo, año arriba, año abajo, pero ya no hago honor a mi nombre. Las cualidades que se me atribuían cuando se acuñó el término son hoy más frecuentes en el campo que en la ciudad.

Tal vez necesite ser rebautizada como “Ruralidad“, porque se hace más raro el comportamiento atento y bondadoso cuanto más grande es el núcleo poblacional. Se piensa el urbanita que todos los demás están obligados a tener sus mismos reflejos y su misma capacidad de regate, como si fuera a ser joven por siempre. Como si la vejez no estuviera esperando a cada cual a la vuelta de una esquina. Como si la juventud no fuera un efímero divino tesoro. Observando las evoluciones de algunos, parece que tengan derecho a aplastar petulantemente al que se interpone en su camino a ninguna parte. Malos imitadores de bomberos sin preparación ni uniforme, pero con toda la prisa que solamente tendría que llevar quien acude en auxilio de las víctimas de un voraz incendio.

Y no se trata solamente de sus andares. Tienen la fea costumbre de dar palabra e incumplirla. Que no es esto lo malo porque, en el mundo latino, la vida está hecha de acontecimientos inesperados. Pero avisa, coño, avisa, que tampoco cuesta tanto y ahorras el viaje y el tiempo perdido a quien ha confiado en tus afirmaciones. Que no valga el dicho teutón referido a los despreocupados sureños: “Palabra dada, palabra olvidada”. Marketing aparte, puede que no sean mucho peores que nosotros. Pero quien cuida las formas tiene mucho camino hecho.

La guinda que corona el pastel viene en caja de regalo, formato de demostración. El ejemplo ilustrativo de los que ocupan el pico de la pirámide sirve de excusa perfecta a quien no quiere cumplir su cometido. Es verdad que no ayuda una señora monísima, forradísima y peinadísima repartiendo finiquitos en diferido de lo que antes era una remuneración. Lástima que ella y sus secuaces tienen el poder para legislar. De forma que robar dinero público no sea delito, de forma que el delito prescriba y de forma que los tribunales no tengan medios y vayan lentos. Y ojo, que no se me olvida la pachorra con la que algunos manejan los asuntos que la función pública les encomienda, con medios o sin ellos. De todo hay en la viña del señor Bono.

Lástima al cubo que otros, que hoy alardean de casi todo, tuvieron el mismo poder durante ocho años seguidos y no movieron un dedo para evitar estos desmanes.

Los comportamientos poco o nada considerados nos definen como sociedad. Podrida, mientras que no hagamos por nosotros mismos. Cada cual barriendo en su trocito de acera hasta aislar a los corruptos, malandrines y aprovechados. Así actúan los teutones y así les va.

 

El último hilo

hilos

Se nos rompió el último hilo. El que nos conectaba, ya muy en precario, con la honestidad, la democracia, el estado de derecho, el sentido común, la concordia y la entrega. Menos mal. Porque es horroroso estar como ha estado todos estos años, con un lío terrible en los papeles, la memoria ausente, la mirada de pillo y la vida robada.

Se nos queda un país en manos de gente mediocre, de gente que nos vende al prestigioso sector financiero, energético y ladrillero por un guárdame allá ese puestecito en tu consejo de administración el día que me jubile. Una y otra vez. Con el descaro de quien se cree propietario de la impunidad.

Se nos queda pendiente de pago una deuda que él nunca habría autorizado, y mucho menos promocionado. Se escapan los dineros que necesitamos para que la salud, la educación, la alimentación y la vivienda lleguen a todos, sin distinción. Esto tampoco habría contado con su beneplácito, estoy seguro.

Se nos queda una horda de plañideros que hoy glosan sus hazañas y ayer le apuñalaron por la espalda. A cambio de un mísero plato de lentejas. Entre las excepciones -a la glosa, que no al puñal- quizá se arrepienten en privado dos grupos principales. Los del búnker y los de la capucha y la pistola.

Qué ingratos somos algunos españoles. Cuánta crueldad trae puesta el señor Alzheimer. Qué bajeza sucedió en el poder al único hombre grande.

Descanse en paz y en la memoria.

Todo lo que no es tradición es plagio

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Muere mil veces atravesado un muñeco de vudú cada vez que se rompe una lanza a favor de la cultura del compartir contrapuesta a la del acaparar. Gritan de intenso dolor mil gatitos arrojados a un torrente caudaloso porque algunos se quedan con lo que no es suyo, despojando al autor de su obra.

Pero no se nos olvide. Existen al menos tres formas de apropiación, y unas son mucho más indebidas que otras. Aunque algunos, para deformar este hecho, gasten fortunas en eso que llaman lobby sin saber muy bien de dónde viene el anglicismo.

Uno, el que copia, tacha la firma original y pone la suya encima propia encima del borrón. El conocido y denostado plagio. Persígase con saña desde el ámbito público, que para eso lo pagamos.

Dos, el que llaman industria. Acapara los conductos que el artista ha de recorrer para llegar al público. Por el camino se queda con la práctica totalidad del beneficio y pone un precio desorbitado a la obra. No cuela. Persecución le deseo, con la misma intensidad que al anterior, porque me parece que este es el verdadero freno a la creación.

Tres, el usuario particular. Tampoco cuelan los intentos de criminalizar al que presta un libro o una película al vecino. Si no fuera por los precios exagerados que impone el del párrafo anterior, a la sombra de la Internet florecería un comercio legal de obras artísticas, científicas y técnicas.

Pero no. Aguantan como gatos panza arriba los trasnochados que quieren mantener su chollo decimonónico a toda costa, mucho después de su propia declaración de obsolescencia. Sólo provocan la risión. Por mucho que compren medios y gobiernos, la libertad siempre se abre camino.

Sobre el cuarto biotipo casi ni comento. Sé que algunos echarán de menos en la lista al moreno del top manta. Con ánimo de lucro, si, pero víctima de las mayores injusticias del planeta. Si el africano y el latino recibieran una mota de los recursos que Occidente esquilma en su territorio, infausta tradición que cultivamos desde tiempos del Imperio, seríamos nosotros los exhaustos viajeros de patera arañados por sus concertinas.

O tal vez no, porque son muy buena gente. Mejores que nosotros, según dicen.

Comparte todo, obteniendo el crédito. Ese es el camino que nos lleva a la libertad y la prosperidad. La acumulación de patrimonio y recursos conduce a la destrucción de casi todos para fortuna de unos pocos. Tú mismo. Si decides ser comparsa del uno por ciento privilegiado, no te quejes después desde tu lecho de cartón con vistas a la intemperie.

Distintas visiones

visiones amor 003

El de ciencias: 1e999
El de letras: Todos los granos de arena de una soleada playa en los mares del sur

El de ciencias: Qué fastidio, se me cayó el anillo por el inodoro
El de letras: Nuestras vidas son los ríos que van a parar al mar, que es el morir

El de ciencias: Falta una ventana en esa fachada
El de letras: Rítmica cadencia de los huecos que evoca melodía en la arquitectura

El de ciencias: Te amo con fundamento
El de letras: Te amo con locura

Porque todos los caminos, el del corazón y el de la razón, el del código y el del códice, el de la letra y el de la ciencia, todos, me llevan a tu lado.

Medicina tibetana

ayurvedico

“ENTREVISTA A UN MEDICO TIBETANO (Ayurvedico)
LAMA TULKU LOBSAN

–Cuando un paciente viene a su consulta ¿cómo descubre cuál es su enfermedad?
–Mirando cómo se mueve, su postura, la forma de mirar. No hace falta que me hable ni me explique qué le pasa. Un doctor de medicina tibetana experimentado, solo con que el paciente se le acerque a unos 10 metros, puede saber qué dolencia sufre.

–Pero también escucha los pulsos.
–Así obtengo la información que necesito de la salud del enfermo. Con la lectura del ritmo de los pulsos se pueden diagnosticar un 95% de las enfermedades, incluso psicológicas. La información que dan es rigurosa como la de un ordenador. Pero leerlos requiere mucha experiencia.

–Y después ¿cómo cura?
–Con las manos, la mirada, y preparados de plantas y minerales.

–Según la medicina tibetana ¿cuál es el origen de las enfermedades?
–Nuestra ignorancia.

–Pues perdone la mía, pero ¿qué entiende usted por ignorancia?
–No saber que no sabes. No ver con claridad. Cuando ves con claridad, no tienes que pensar. Cuando no ves claramente, pones en marcha el pensamiento. Y cuanto más pensamos, más ignorantes somos y más confusión creamos.

–¿Cómo puedo serlo menos?
–Le daré un método muy simple: practicando la compasión. Es la manera más fácil de reducir tus pensamientos. Y el amor. Si quieres a una persona de verdad, es decir, si no la quieres solo para ti, aumenta tu compasión.

–¿Qué problemas ve en Occidente?
–El miedo. El miedo es el asesino del corazón humano.

–¿Por qué?
–Porque con miedo es imposible ser feliz, y hacer felices a los otros.

–¿Cómo afrontar el miedo?
–Con aceptación. El miedo es resistencia a lo desconocido.

–Y como médico, ¿en qué parte del cuerpo ve más problemas?
–En la columna, en la parte baja de la columna: os sentáis demasiado tiempo en la misma postura. Vitalmente, tenéis demasiada rigidez.

–Tenemos muchos problemas.
–Creemos que tenemos muchos problemas, pero en realidad nuestro problema es que no los tenemos.

–¿Qué quiere decir?
–Que nos hemos acostumbrado a un nivel de necesidades básicas cubiertas, de modo que cualquier pequeña contrariedad nos parece un problema. Entonces, activamos la mente y empezamos a darle vueltas y más vueltas sin solucionarlo.

–¿Alguna recomendación?
–Si el problema tiene solución, ya no es un problema. Si no, tampoco.

–¿Y para el estrés?
–Para evitarlo, lo mejor es estar loco.

–¿…?
–Es una broma. No, no tan broma. Me refiero a ser o parecer normal por fuera, y por dentro estar loco: es la mejor manera de vivir.

–¿Qué relación tiene usted con su mente?
–Soy una persona normal, o sea que a menudo pienso. Pero tengo entrenada la mente. Eso quiere decir que no sigo a mis pensamientos. Ellos vienen, pero no afectan ni a mi mente ni a mi corazón.

–Usted se ríe a menudo.
–Cuando alguien ríe, nos abre su corazón. Si no abres tu corazón, es imposible tener sentido del humor. Cuando reímos, todo es claro. Es el lenguaje más poderoso: nos conecta a unos con otros directamente.

–También acaba de editar un CD de Mantras con una base electrónica, para el público occidental.
–La música, los Mantras y la energía del cuerpo son lo mismo. Como la risa, la música es un gran canal para conectar con el otro. A través de ella, podemos abrirnos y transformarnos: así la usamos en nuestra tradición.

–¿Qué le gustaría ser de mayor?
–Me gustaría estar preparado para la muerte.

–¿Y nada más?
–El resto no importa. La muerte es lo más importante de la vida. Creo que ya estoy preparado. Pero antes de la muerte, debemos ocuparnos de la vida. Cada momento es único. Si damos sentido a nuestra vida, llegaremos a la muerte con paz interior.

–Aquí vivimos de espaldas a la muerte.
–Mantenéis la muerte en secreto. Hasta que llegará un día de vuestra vida en que ya no será un secreto: no os podréis esconder.

–Y la vida ¿qué sentido tiene?
–La vida tiene sentido, y no. Depende de quién seas. Si realmente vives tu vida, entonces la vida tiene sentido. Todos tenemos vida, pero no todo el mundo la vive. Todos tenemos derecho a ser felices, pero tenemos que ejercer ese derecho. Si no, la vida no tiene sentido”

Valorar un texto así desde mi perspectiva de “alocado hombre occidental” es casi imposible. Me limito a transcribirlo. Procede de AQUÍ.

Sobran

Once millones de pisos vacíos. Un número indeterminado, pero también abultado, de personas sin acceso a la vivienda.

Cientos de miles de estómagos agradecidos. Vidas disipadas y contemplativas. Ni chapa.

Montones de asociaciones que sólo persiguen su propio beneficio.

Una multitud de egos superlativos, que creen y aseveran que sólo trabajan ellos y que los demás les roban.

Millones de torturas en forma de desplazamiento en transporte público, cada mañana y cada noche, ida y vuelta de casa al absurdo y del absurdo a casa.

Los que matan, los que les venden las armas, los que las fabrican y los que financian todo ese círculo podrido de miseria y muerte de inocentes.

Centenas de publicistas para quienes todo vale con tal de subir los beneficios. Miles de anunciantes que pagan por sus servicios de engaño. Millones de descerebrados que compran lo que no necesitan. Anunciado en TV.

El fútbol.

Los que quieren que la nicotina, el alcohol y los productos para adelgazar sigan creando adictos al precio que sea.

Miles de occidentales (y orientales) despiadados que prefieren tirar la comida y envenenar el agua antes que permitir el acceso a los desheredados del tercer mundo.

Un ministro al servicio de las eléctricas y las petroleras.

Una ministra con el peinado más horrible del universo conocido.

Otro ministro que parece sacado de Los Simpson. Ese. El avaro.

Los que siguen amasando fortuna a sabiendas de que no podrán gastarla ni viviendo mil vidas, aunque condenen a la miseria a la mayor parte de sus vecinos.

Una multitud de machos trogloditas que siguen tratando a las mujeres como objetos de su propiedad. Una multitud de mujeres que fomentan el machismo con sus comportamientos.

Las toscas palabras de Cospedal sobre la recesión.